El don de la vida es nuestra mayor riqueza y por tanto sentimos la felicidad de poder compartirla en este día con nuestros hermanos, poniendo nuestros oídos atentos a la escucha de tu palabra y nuestra boca para proclamarla. Terminando nuestra semana laboral, con corazón agradecido nos ponemos en tus manos y esperamos cumplir tu santa voluntad. Te damos gracias hoy por los santos como santa Escolástica; ellos nos recuerdan que con una vida de oración y de servicio dan testimonio de tu presencia entre nosotros. Haznos ver claramente que eres tú el que finalmente cuentas, que tú eres el sentido de nuestras vidas y el lazo definitivo que nos une a nuestros hermanos. Te pedimos, Señor, que no seamos sordos para escuchar tu palabra y el grito de auxilio de nuestros hermanos necesitados y mucho menos mudos para proclamar tu misericordia. Que nuestros oídos estén sordos a las tentaciones que nos pone el mal y que nos quiere alejar de tu amor; que nuestra boca sea sólo para proclamar tu bondad y tu amor. Permítenos, Señor, escuchar tu palabra: “Effetá” (ábrete); abre los oídos del corazón, para que escuchemos tu mandato de amar; nuestros ojos para ver las necesidades de nuestros hermanos y abre nuestras manos para dar y ayudar a levantar; guiar al perdido espiritualmente. Nuestras obras sean en este día el cumplimiento de tu Voluntad.
Feliz inicio de fin de semana con este viernes productivo.
Palabras del papa Francisco
(Ángelus 9 de septiembre de 2018)
Jesús nos ha desvelado el secreto de un milagro que podemos repetir también nosotros, convirtiéndonos en protagonistas del «Effatá», de esa palabra «Ábrete» con la cual Él dio de nuevo la palabra y el oído al sordomudo. Se trata de abrirnos a las necesidades de nuestros hermanos que sufren y necesitan ayuda, escapando del egoísmo y la cerrazón del corazón. Es precisamente el corazón, es decir el núcleo profundo de la persona, lo que Jesús ha venido a «abrir», a liberar, para hacernos capaces de vivir plenamente la relación con Dios y con los demás. Él se hizo hombre para que el hombre, que se ha vuelto interiormente sordo y mudo por el pecado, pueda escuchar la voz de Dios, la voz del Amor que habla a su corazón, y así aprenda a hablar a su vez el lenguaje del amor, traduciéndolo en gestos de generosidad y de donación de sí mismo.
Que María, Aquella que se ha «abierto» totalmente al amor del Señor, nos conceda experimentar cada día, en la fe, el milagro del «Effatá», para vivir en comunión con Dios y con los hermanos.
