Por un nuevo comienzo al clarear el alba, te damos gracias; las luces se van prendiendo y nos anuncian el momento de levantarnos y elevar nuestra plegaria al Dios de la Vida. Señor, gracias por revelarnos tu amor en el que te conviertes en la verdadera vid de vida y nuestra fuente de fortaleza. Ayúdanos a vivir tu vida como sarmientos vivos adheridos a la vid y a dar fruto abundante de justicia, amor y paz. Permítenos que nuestra unión contigo se haga visible en nuestra apertura y generosidad de los unos con los otros y en nuestra unidad como verdaderos hermanos para que tú estés visiblemente presente entre nosotros.
Tú te has plantado como la verdadera vid que da vida. Te damos gracias por colmarnos con la savia de vida que es nuestra vid verdadera. Queremos seguir viviendo en unión contigo y con nuestros hermanos para que en las incertidumbres de la vida sigamos creyendo, esperando y construyendo juntos momentos de fraternidad y de amor. Cuando caminemos un poco a ciegas y en desánimo en días de prueba y sufrimiento, danos la convicción que tú estás siempre con nosotros.
Si realmente somos “sarmientos”, estamos llamados a ser reflejo de esa vid que busca en nosotros frutos de compasión y misericordia, frutos de bondad y de paz. Y sabemos, Señor, que la poda es necesaria para el crecimiento y desarrollo de toda planta, también en el caso de nuestra vida cristiana, se ha de ir podando, sobre todo, aquello que impide la cercanía y la proximidad a tu amor. Permite, Señor, que el Padre celestial nos pode de nuestros egoísmos, pereza y mentira y toda la maleza negativa que llevamos en el corazón. Queremos dar frutos que sean abundantes por nuestro servicio y entrega y, ante todo, tener la seguridad de que lo que pidamos al Padre nos lo concederá. Danos la gracia de permanecer unidos a ti, para dar frutos de amor, solidaridad, unidad y fraternidad, teniendo en cuenta tus palabras: “porque sin mí no podéis hacer nada”. Amén.
Bendecido miércoles para todos. Con alegría y optimismo
PALABRAS DEL SANTO PADRE
Si uno está íntimamente unido a Jesús, goza de los dones del Espíritu Santo, que —como nos dice san Pablo— son «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22). Estos son los dones que recibimos si permanecemos unidos a Jesús; y como consecuencia, una persona que está así unida a Él hace mucho bien al prójimo y a la sociedad, es una persona cristiana. De estas actitudes, de hecho, se reconoce si uno es un auténtico cristiano, como por los frutos se reconoce al árbol. Los frutos de esta unión profunda con Jesús son maravillosos: toda nuestra persona es transformada por la gracia del Espíritu: alma, inteligencia, voluntad, afectos, y también el cuerpo, porque somos unidad de espíritu y cuerpo. Recibimos un nuevo modo de ser, la vida de Cristo se convierte también en la nuestra: podemos pensar como Él, actuar como Él, ver el mundo y las cosas con los ojos de Jesús. Como consecuencia, podemos amar a nuestros hermanos, comenzando por los más pobres y los que sufren, como hizo Él, y amarlos con su corazón y llevar así al mundo frutos de bondad, de caridad y de paz. (Regina Caeli, 3 mayo 2015)
