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14-sep.-lunes de la 24.ª semana del T. O.

«Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él»

Iniciamos nuestra semana y llegamos prácticamente a la mitad de nuestro mes de septiembre. Camino vivido recorrido y servido, pero ante todo acompañado por tu presencia amorosa y misericordiosa. Gracias, Señor, porque sigues caminando a nuestro lado y nos muestras los senderos que hemos de recorrer durante esta semana que iniciamos para hacer tu santa voluntad. 

En este día celebramos la memoria de la Santa Cruz. Esto nos da pie para reflexionar en el sentido valioso y victorioso que tiene la cruz para nosotros, tus discípulos; no una cruz de dolor y de tristeza, porque tú la convertiste en verdadera felicidad y triunfo sobre la muerte. Hoy encontramos en tu palabra la motivación necesaria para mirar la cruz con esperanza y consuelo. Mirar a la serpiente significó para tu pueblo curarse de la mordedura de las serpientes reales que habían invadido el campamente judío en su éxodo de Egipto, camino a la tierra prometida. Tú quieres que te miremos en la cruz, simbolizado por esa serpiente de bronce, para que se realice en nosotros su acción salvífica. Mirarte es tenerte como referencia en nuestro vivir, para librarnos de quien puede envenenarnos, es decir, de los que acaban con la razón de nuestro vivir, de tener una vida real, humana, y llena de tu amor. 

¿Dedicamos tiempo a mirarte como crucificado?

«Que al nombre de Jesús toda rodilla se doble». Es uno de los textos más explícitos de la honda fe de san Pablo. Es un himno a Ti, crucificado, que a pesar de tu condición divina te rebajas a ser esclavo y, lo que es más significativo para nosotros, a pasar por uno de tantos. Asumir el anonimato, viviendo como un hombre cualquiera, y rebajarse hasta someterse a una muerte y una muerte de cruz.

Gracias, Señor, por tu entrega generosa y compasiva en favor de nosotros, pecadores, necesitados de tu amor. Ahora, Señor, regálanos el don la sabiduría y el don del discernimiento para pensar en estas palabras finales: «Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna». 

Un muy consolador y esperanzador lunes, no de dolor, sino de victoria. Los abrazo y los bendigo. Feliz inicio de semana. 

PALABRA DEL PAPA

«Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna» (Jn 3, 14-15). Se hace referencia al episodio en el que, durante el éxodo de Egipto, los judíos fueron atacados por serpientes venenosas y muchos murieron; entonces Dios ordenó a Moisés que hiciera una serpiente de bronce y la pusiera sobre un estandarte: si alguien era mordido por las serpientes, al mirar a la serpiente de bronce, quedaba curado (cf. Nm 21, 4-9). También Jesús será levantado sobre la cruz, para que todo el que se encuentre en peligro de muerte a causa del pecado, dirigiéndose con fe a él, que murió por nosotros, sea salvado. «Porque Dios —escribe san Juan— no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 17) (…) Así pues, si es infinito el amor misericordioso de Dios, que llegó al punto de dar a su Hijo único como rescate de nuestra vida, también es grande nuestra responsabilidad: cada uno, por tanto, para poder ser curado, debe reconocer que está enfermo; cada uno debe confesar su propio pecado, para que el perdón de Dios, ya dado en la cruz, pueda tener efecto en su corazón y en su vida.  (…) A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados. Sin embargo, la verdadera paz y alegría sólo se encuentran abriéndose a la luz y confesando con sinceridad las propias culpas a Dios. (Benedicto XVI - Ángelus, 18 de marzo de 2012)

A veces el hombre ama más las tinieblas que la luz, porque está apegado a sus pecados
ORACIÓN 

Señor, la cruz, con sus dos palos, uno vertical mirando al cielo y otro horizontal abrazando a todos los hombres, es la señal de los cristianos. No podemos elegir otra distinta. Es la Cruz del Señor. No es una cruz sola, una cruz vacía, sino una cruz abrazada por el crucificado, en un alarde de amor llevado hasta la locura. Que ahí, en la escuela del calvario, aprenda yo a amar a Dios y a mis hermanos. Haz que nunca mire la cruz sin mirar al crucificado. Amén. 

Reflexión 

«Tanto amó Dios al mundo…» Me detengo en ese “tanto” que abarca inmensidades. Hasta tal punto, hasta tal extremo, hasta tal locura llegó el amor de Dios al mundo, que entregó a su Hijo único por nosotros. Aquí sobran todas las palabras. Aquí sobran todos los escritos de la literatura universal sobre el amor. Aquí, en la cima de este monte, se ha escrito la página más bella y sublime sobre el auténtico y verdadero amor. «Nadie ama más al amigo que aquel que da la vida por él». (Juan 15,13). Aquí el Amador se viste de gala y el amado cae de bruces, se arrodilla y adora en silencio. Dice muy bien Dolores Aleixandre: “Lo que se levanta en alto adquiere la propiedad de ser contemplado por todos, también por los que están lejos”. El evangelista Juan lo recuerda en la muerte de Jesús: «mirarán al que traspasaron». En nuestro mundo, cansado de palabras y de propaganda, nadie levanta la cabeza para mirar, a no ser que presienta que ese alguien está traspasado, es decir, atravesado por una pasión, por un amor que le ha llevado más allá de los límites de la razón. Por eso, desde la Cruz, Jesús atrae nuestras miradas.  Una cruz sin Jesús, aleja, repele, da vértigo. Una cruz con el crucificado, acerca, atrae, seduce. Es la seducción del amor.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda Pbro.