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15-sep.-2022 jueves de la 24.ª semana del Tiempo Ordinario

Bienaventurada Virgen María de los Dolores

Agradecidos por la ternura y amor de nuestra intercesora, la Virgen, demos gracias a Dios por este día que nos regala. Señor, Dios nuestro: Sabemos que las penas y sufrimientos son inevitables en esta vida para los que te seguimos. Danos suficiente confianza en ti para mantenernos fieles y para creer y esperar en tu amor incluso en el abismo del sufrimiento. Danos el valor de enfrentar y asumir las dificultades de la vida y de llevar los unos las cruces de los otros, unidos a María, nuestra Madre Dolorosa. Ella nos dé fortaleza para sobrellevar las cargas pesadas de la vida y que podamos aprender de ella como la Madre Dolorosa, a estar de pie y cercanos a todos aquellos que sufren.

A ti, Madre del Dolor y del sufrimiento, te pedimos que nos ayudes a soportar nuestros momentos de soledad, incertidumbre y tristeza ante las dificultades de la vida. Déjanos recostar en tu santo regazo y consuélanos en todo momento. Gracias, Madre, por tu amor y tu ternura. Perdona todas las veces en que hemos faltado al amor de tu Hijo y hemos caído en desesperanza. A tu protección y auxilio nos acogemos. Amén.

Con el mayor optimismo y las esperanzas vivas, llevando la cruz de la fe, la fortaleza y la Caridad, vayamos a vivir en felicidad este jueves vocacional. Amén. Bendiciones abundantes y abrazos.

Reflexión del papa Francisco

Al pie de la cruz, en la hora suprema de la nueva creación, Cristo nos lleva a María. Él nos lleva a ella, porque no quiere que caminemos sin una madre, y el pueblo lee en esa imagen materna todos los misterios del Evangelio. Al Señor no le agrada que falte a su Iglesia el icono femenino. Ella, que lo engendró con tanta fe, también acompaña "al resto de sus hijos, los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús" (Ap 12,17).

SECUENCIA DE LA VIRGEN DE LOS DOLORES

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria. Amén.

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda pbro.