Hoy te damos gracias, Señor, por la vida que alegremente comenzamos en este día dedicado a ti y que se convierte en nuestro descanso y oportunidad de vivirlo en compañía de nuestras familias, a su vez, en momento para reflexionar y elevarte nuestra oración.
Ante unos oídos cerrados, no hay palabra que valga. Ante unos oídos acogedores, la Palabra es capaz de transformar nuestros corazones y hacer que produzca frutos para la vida. Sabemos, Señor, que escuchamos tu Palabra y está en nuestras manos abrir nuestros oídos y nuestro corazón para que esa Palabra pueda hacer realidad tu voluntad. Acogerla y aceptar sus exigencias es una buena actitud en nuestra vida, porque ella nos da consuelo en las dificultades y esperanza en las incertidumbres. Sin este alimento de tu Palabra, nuestra vida estaría siendo tan infecunda como las rocas, las zarzas o las piedras en el camino en las cuales las semillas no darán frutos sino desilusiones. Permítenos encontrar la verdadera tierra abonada para que en ella sembremos ilusiones y buenas intenciones. Que la semilla produzca una cosecha abundante del ciento por uno.
Hoy, al celebrar a Nuestra Madre la Virgencita en su advocación de Nuestra Señora del Carmen, que ella nos proteja y nos guarde. Que en su Santo escapulario encontremos protección en el pecho para que no entren la maldad y la enfermedad y en la espalda para que nada negativo nos vaya a sorprender. A ti Celestial Princesa nos acogemos. A ti te alabamos y te damos gracias. Amén.
Un feliz Domingo de descanso sin olvidarnos de alabar al Señor.
CONSAGRACIÓN A LA VIRGENCITA DEL CARMEN
"¡Oh, María, Reina y Madre del Carmelo! Vengo hoy a consagrarme a Ti, pues toda mi vida es como un pequeño tributo por tantas gracias y beneficios como he recibido de Dios a través de tus manos.
Y porque Tú miras con ojos de particular benevolencia a los que visten tu escapulario, te ruego que sostengas con tu fortaleza mi fragilidad, ilumines con tu sabiduría las tinieblas de mi mente y aumentes en mi la fe, la esperanza y la caridad, para que cada día pueda rendirle el tributo de mi humilde homenaje.
El santo escapulario atraiga sobre mí tus miradas misericordiosas, sea para mi prenda de tu particular protección en luchas de cada día y constantemente me recuerdes el deber de pensar en Ti y revestirme de tus virtudes.
De hoy en adelante me esforzaré por vivir en suave unión con tu espíritu, ofrecerlo todo a Jesús por tu medio y convertir mi vida en imagen de tu humildad, caridad, paciencia, mansedumbre y espíritu de oración.
¡Oh, Madre amabilísima! Sostenme con tu amor indefectible, a fin de que a mí, pecador indigno, me sea concedido un día cambiar tu escapulario por el eterno vestido nupcial y habitar contigo y con los santos del Carmelo en el reino de tu Hijo". Amén.
