Al igual que el sol comienza a salir detrás de las montañas, comienza para nosotros un nuevo día; el sol inicia sus labores de iluminar el día y abrigarnos en calorcito para hacer placentera nuestra jornada. Ojalá cada uno de nosotros sea luz e irradie calor humano para nuestros hermanos. Queremos pedirte en este día la fortaleza para obrar igual que los apóstoles, que se sentían testigos de todo lo que habían visto y oído y procuraban transmitirlo por todos los medios posibles. ¡No había forma de callarlos! Porque el Espíritu de Jesús estaba en su interior. Gracias a ese testimonio hoy hemos recibido nosotros el tesoro de tu palabra. Hoy somos nosotros los testigos. Gracias a la mediación de los apóstoles y de tantos otros a lo largo de nuestra historia hemos creído en tu testimonio que nos habla y comunica el amor del Padre. Hoy somos nosotros los que tenemos que dar testimonio de ese amor, de nuestra manera de vivir, de relacionarnos, de comprometernos con el amor, de estar cerca de los pobres y desconsolados, de reconciliar, de perdonar, de acoger a los que viven en soledad. Así será como demos a entender a todos que el amor de Dios está en nuestros corazones. No podemos olvidar nuestra montaña; miremos hacia la cima para poder ver la grandeza de tu amor. Desde lo alto comprenderemos las palabras de los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Días soleados, días lluviosos. Lo sintieron los discípulos: entradas y salidas de la cárcel, pero… confianza plena en el Señor. Gracias por tu compañía y tus bendiciones constantes. Amén.
Un muy feliz y apostólico jueves vocacional.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
El que cree en Él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios» (Jn 3, 17-18). Entonces, esto significa que el juicio final ya está en acción, comienza ahora en el curso de nuestra existencia. Tal juicio se pronuncia en cada instante de la vida, como confirmación de nuestra acogida con fe de la salvación presente y operante en Cristo, o bien de nuestra incredulidad, con la consiguiente cerrazón en nosotros mismos. Pero si nos cerramos al amor de Jesús, somos nosotros mismos quienes nos condenamos. La salvación es abrirse a Jesús, y Él nos salva. (…) Pero para ello debemos abrirnos al amor de Jesús, que es más fuerte que todas las demás cosas. El amor de Jesús es grande, el amor de Jesús es misericordioso, el amor de Jesús perdona. Pero tú debes abrirte, y abrirse significa arrepentirse, acusarse de las cosas que no son buenas y que hemos hecho. (Audiencia General, 11 diciembre 2013)
