Una semana laboral cumplida y vivida en alegrías y satisfacciones. Llega el momento de iniciar el camino de este último día de semana en términos laborales. Momento de hacer balances en sentido de lo que hemos compartido y servido a nuestros hermanos; cuánto bien, hemos brindado, como este joven del que nos habla el Evangelio.
El milagro de la multiplicación de los panes tiene un profundo significado. Nos habla en primer lugar de tu compasión. El dolor de la gente, el hambre, la miseria afectan tu corazón y te llenas de compasión, porque sigues estando cerca de todos los que sufren; por eso alargas tu mano para acompañar, para compartir, para sentirte solidario. El milagro tiene su punto de partida en la aparición de este joven que fue capaz de abrir su mochila y poner en común lo que tenía. A partir de ahí se produce el milagro. ¡Y hasta sobra! El milagro no nace de cero sino de la capacidad de quienes están allí para abrirse a los demás y compartir lo que tienen. En este caso se compartió unos panes y unos peces.
He visto en mi vida auténticos milagros que han sido fruto de compartir simplemente un rato, unos minutos, con otra persona. Este es nuestro pan compartido. No es dar lo que nos sobra, sino dar de lo que tenemos. Solamente así podremos comprender que al final viene el milagro de la abundancia: Dios bendice y multiplica lo que damos con cariño. Es la abundancia del Reino; nace la esperanza, la vida, el amor, la fraternidad. Los que estaban cansados y agobiados, pensando cada uno en su hambre, comienzan a levantar la vista y te descubren como El Profeta que les abre la puerta a una nueva forma de vivir y saber compartir los panes y los peces. Señor, Tú puedes hacer mucho con lo poco que ponemos a tu disposición. Sería bueno preguntarnos: “¿Qué te llevo hoy?”. Tú puedes hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás. Que tu Espíritu nos asista para saber dar y saber recibir. Amén.
Que nuestro viernes sea compartido, servido y vivido en el amor y generosidad.
