Hora de escuchar nuestro despertador, dejar afuera la pereza y comenzar a dar gracias a Dios por muchísimas cosas maravillosas que vamos a recibir en el transcurso de nuestra jornada: fortaleza para dar lo mejor de sí mismos y hacerlo con alegría.
Hoy cantemos: “alegre la mañana que nos habla de ti”; de las maravillas que comenzamos a compartir y las alegrías que son contagiosas. Gracias, Señor. Perdona nuestros momentos en que vociferamos, así sea en silencio o por pensamientos, hacia tu palabra en la que creemos son cosas difíciles de cumplir; danos la sabiduría y la inteligencia para discernir tu voluntad.
Hoy nos propones un ideal grande y difícil: el perdón de las ofensas. Y estableces una medida muy razonable: la nuestra. “Si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas”. Perdónanos, Señor, por los momentos en que queremos que Dios nos perdone y que los demás también lo hagan, pero nosotros nos resistimos a hacerlo.
Cuesta pedir perdón, darlo cuesta todavía más. Si tuviéramos humildad y sencillez, no sería tan difícil, pero el orgullo nos lo hace trabajoso. A partir de esto, podemos establecer la siguiente ecuación espiritual: a mayor humildad, mayor facilidad; a mayor orgullo, mayor dificultad. Esto nos dará una pista para conocer nuestro grado de humildad y reconciliación. Pensaremos que es imposible, pero para Dios que todo lo puede —para ti, Señor— nada hay imposible y por eso el perdón será más fácil de alcanzar en la medida en que lo pensemos de esta manera. Perdónanos como también tú nos has perdonado.
Perdonemos… perdonemos de corazón.
Un muy feliz reconciliador y vocacional jueves de amor y de perdón. Bendícenos guárdanos y protégenos. Amén.
PALABRAS DEL SANTO PADRE
La oración del «Padre nuestro» hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Por ejemplo, nos hace pedir el pan, el pan cotidiano: petición no sencilla pero esencial, que dice que la fe no es una cuestión «decorativa», separada de la vida, que interviene cuando se han cubierto todas las demás necesidades. Si acaso, la oración comienza con la vida misma. La oración —nos enseña Jesús— no inicia en la existencia humana después de que el estómago está lleno: sobre todo anida en cualquier parte que haya un hombre, cualquier hombre, que tiene hambre, que llora, que lucha, que sufre y se pregunta «por qué». (…) Jesús, en la oración, no quiere apagar lo humano (…) No quiere que modifiquemos las preguntas y peticiones aprendiendo a soportar todo. En cambio, quiere que cada sufrimiento, cada inquietud, se lance hacia el cielo y se convierta en diálogo (Audiencia General, 12 diciembre 2018).
