En el amanecer, a la mitad de nuestra semana, contemplamos un día que inicia y que llena nuestros corazones de ánimo, esperanza e ilusiones por lo que realizaremos durante él. Gracias, Señor, porque tenemos fuerzas para iniciar nuestras labores y esa es una gran riqueza.
No miramos el horizonte con pesimismo, sino que la vida de los profetas ─como la de Jeremías─ nunca fue fácil; sus palabras y ellos mismos no fueron bien acogidos por su pueblo. Es verdad que en tu palabra encontraban su alegría y sus fuerzas. «Me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. Por eso, cuando encontraba palabras tuyas, las devoraba; tus palabras eran mi gozo y la alegría de mi corazón». Pero, a la hora de proclamarlas, en muchas ocasiones se encontraban con el rechazo de su pueblo. Tan así es que Jeremías llegó a maldecir el día de su nacimiento. «¿Para qué haber salido del seno a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?». Pero el Señor nunca dejó solo a Jeremías. «Frente a este pueblo te pondré como muralla de bronce inexpugnable: lucharán contra ti y no te podrán, porque yo estoy contigo para labrarte y salvarte». Allí es donde está el verdadero sentido de tus palabras y tu confianza en ti. Momentos difíciles, mañanas grises y días soleados. Como nos dice Pablo: «todo lo puedo en Cristo Jesús que me conforta y me fortalece».
Para nosotros, aquellos a quienes sales al encuentro y desvelas quién eres tú, es claro que ese tesoro escondido eres tú mismo. Con gran alegría hemos dejado y vendido todo lo que teníamos para comprar ese campo que contiene el ya para siempre nuestro gran tesoro. Con estremecimiento de nuestro corazón podemos afirmar que es la mejor compra que hemos hecho en nuestra vida. Hemos comprado el campo del amor y hemos encontrado la gran Perla que eres tú. Tú mismo nos regalas tus palabras: «Busquen el Reino de Dios y todo se les dará por añadidura». Ese es nuestro tesoro y la Perla: tu presencia y tu ternura. A ti te alabamos, te bendecimos y te glorificamos. Amén.
Gracias Señor, mi Divino Tesoro.
Hoy miércoles, pensemos ¿cuál es el tesoro más grande y valioso que tengo o que he encontrado? Los abrazo y los bendigo.
