Buen día al término de esta semana que hemos podido vivir y que hemos podido experimentar con momentos de mucha alegría, momentos de incertidumbre, pero también muchos momentos de felicidad porque pudimos compartir con las personas que amamos, cuando hemos podido sentir en nuestro corazón la gracia de haber llevado una palabra de aliento, de haber tendido una mano, de haber acompañado en la soledad, de haber dado una sonrisa en la tristeza. Todos esos momentos son imborrables para nosotros y llenan nuestros corazones de felicidad. Te damos gracias al celebrar esta fiesta de tus discípulos san Simón y san Judas Tadeo, porque al igual que aquella ocasión en que llamaste a tus discípulos hoy no sigues llamando por nuestro nombre y nos envías, Señor, para que seamos mensajeros de paz de amor de esperanza de felicidad. Permite que en nuestros corazones no alberguemos más que sentimientos buenos de confianza, de servicio y de entrega. Tú nos confías tu propia misión, a pesar de nuestras debilidades, porque “confías” suficientemente en nosotros. Fortalécenos con la ayuda del Espíritu Santo para que nos esforcemos en hacer la tarea que nos encomiendas: ser testigos de tu amor, mensajeros de esperanza y portadores de tu misericordia.
Que nos bendiga, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y nuestra Madre nos acompañe. Amén.
Nuestra respuesta al amor de Dios: GRACIAS SEÑOR PORQUE ME HAS LLAMADO. AQUÍ ESTOY, SEÑOR, ENVÍAME.
Pensamientos para el Evangelio de hoy
* «Toda alma humana es un templo de Dios: eso nos abre una perspectiva ancha y del todo nueva. La vida de oración de Jesús es la clave para comprender la oración de la Iglesia» (santa Teresa Benedicta de la Cruz).
* «Tanto Simón el Cananeo como Judas Tadeo nos ayuden a redescubrir siempre y a vivir incansablemente la belleza de la fe cristiana, sabiendo testimoniarla con valentía y al mismo tiempo con serenidad» (Benedicto XVI).
* «(…) [Jesús] ora ante los momentos decisivos que van a comprometer la misión de sus Apóstoles: antes de elegir y de llamar a los Doce (cf. Lc 6,12), antes de que Pedro lo confiese como ‘el Cristo de Dios’ (Lc 9,18-20) y para que la fe del príncipe de los Apóstoles no desfallezca ante la tentación (cf. Lc 22,32) (…)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2600).
