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31-oct.-2023, martes de la 30.ª semana del Tiempo Ordinario

Te pedimos que nos transformes para decir adiós al pasado, caminando en esperanza hacia el futuro. «La esperanza es el aire que respira el cristiano» (papa Francisco).

Buen y bendecido día —último de mes— en el que damos gracias a Dios nuestro Padre por lo que nos ha concedido y a Ti, Señor, porque has sido nuestra grata compañía y nuestro auxilio constante. Te damos gracias por los momentos vividos en los que hicimos las labores que nos encomendaste, por las dificultades superadas, por los momentos en que sentimos cansancio, aquellos en los que tú nos ayudaste con tus palabras: “vengan a mí los cansados y agobiados”. Por las palabras de aliento y por todo te alabamos, te bendecimos y te damos gracias, Señor.

Ahora queremos iniciar nuestra jornada haciendo que el reino de Dios crezca entre nosotros como una semilla que crece y se va haciendo árbol, como harina transformada en rico pan por la acción de la levadura. Ayúdanos a crecer, a cambiar e ir hacia adelante, marchar derecho con alegría y optimismo. Te pedimos que nos transformes para decir adiós al pasado, caminando en esperanza hacia el futuro. Permite que las semillas de la fe, la esperanza y la caridad vayan creciendo como el granito de mostaza y se transformen en alegría, optimismo, felicidad. Que en este día seamos levadura que fermenta la buena masa del servicio, la entrega y la disponibilidad y al caer de la tarde podamos sentir la satisfacción de hacer crecer el reino por las buenas obras y acciones del día. Guárdanos en tu amor, Señor, y que todos nuestros buenos deseos sean realidad. Bendícenos en este día y que no nos apartemos de ti. Bendice nuestras obras y trabajos Amén.

Feliz y fructífero martes, último de octubre. Recibamos el mes de noviembre con muchas esperanzas. Ánimo, Dios te ama.

PALABRAS DEL SANTO PADRE

La esperanza es este vivir en tensión, siempre; sabiendo que aquí no podemos hacer nido: la vida del cristiano está "en tensión hacia". Si un cristiano pierde esta perspectiva, su vida se vuelve estática y las cosas que no se mueven se corrompen. Pensemos en el agua: cuando está quieta, no corre, no se mueve, se corrompe. Al cristiano que no es capaz de tender la mano, de estar en tensión hacia la otra orilla, le falta algo: acabará corrompiéndose. Para él la vida cristiana será una doctrina filosófica, la vivirá así, dirá que es fe, pero sin esperanza no lo es. […] Si queremos ser hombres y mujeres de esperanza, debemos ser pobres, pobres, no apegados a nada. Pobres. Y abiertos hacia la otra orilla. La esperanza es humilde, y es una virtud que se trabaja —digámoslo— todos los días: cada día hay que volver a recogerla, cada día hay que coger la cuerda y ver que el ancla está fija a ella y la tengo en mi mano; cada día es necesario recordar que tenemos el depósito, que es el Espíritu que obra en nosotros con las pequeñas cosas. […] Por eso la esperanza es una virtud que no se ve: actúa desde abajo; nos hace ir y mirar desde abajo. No es fácil vivir en la esperanza, pero yo diría que debe ser el aire que respira un cristiano, un aire de esperanza; al contrario, no podrá caminar, no podrá avanzar porque no sabrá adónde ir. La esperanza —sí, esto es seguro— nos da seguridad: la esperanza no decepciona. Nunca. Si tienes esperanza, no te decepcionarás. Debemos abrirnos a esa promesa del Señor, inclinándonos hacia esa promesa, pero sabiendo que hay el Espíritu obrando en nosotros. Que el Señor nos dé, a todos, esta gracia de vivir en tensión, en tensión, pero no por los nervios, por los problemas, no: en tensión por el Espíritu Santo que nos lanza hacia la otra orilla y nos mantiene en la esperanza. (Santa Marta, 29 octubre 2019)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.