Bondadosamente despertamos recibiendo bendiciones del cielo: el don de la vida, la salud y el bienestar que llega de la mano de Dios para cada uno de nosotros.
Oh, Dios nuestro, siempre amoroso: Tú nos has revelado que eres más afectuoso, tierno y compasivo que cualquier madre con su hijo pequeño. Hazte cercano a todos los heridos por las penurias de una vida dura, cuida de los pequeños y de los oprimidos. Haz que todos los que te seguimos seamos discípulos que sepamos perdonar y curar, que nos hagamos a nosotros mismos como pan nutritivo para todos los que están hambrientos de cualquier manera.
Enséñanos a amarnos, a ser sensibles y a cuidar los unos de los otros como tú nos cuidas. Sentimos consuelo y nos da confianza saber que tú conoces muy bien y tan de cerca nuestro cansancio y nuestras desesperanzas humanas. Toda nuestra confianza la depositamos en ti, que sientes lástima en nuestras tribulaciones, porque pareciera que andamos sin rumbo, quizá porque en ocasiones no recurrimos a ti, el Verdadero y único Pastor. Permítenos exclamar con el salmista: «Eres mi Pastor, oh, Señor, nada me faltará si me guías tú». Que escuchemos tu voz y tengamos toda nuestra confianza puesta en Ti. Amén.
A María Nuestra Madre le pedimos su gracia y compañía.
«No olvidéis hacer el bien y ayudaros mutuamente».
Hoy el Rosario de aurora y la Eucaristía por todos ustedes y sus intenciones. Feliz y santo fin de semana.
