Qué bello amanecer el que nos regalas, ya que comenzamos a vislumbrar un esperanzador lucero que nos anuncia tu presencia, tu amor y tu gracia para poder partir el pan del amor y la bondad con el necesitado. Señor Jesús, tú que eres la luz del mundo, haz que nuestros rostros reflejen tu luz y que siempre esté con nosotros.
Tú nos confías la misión de ser luz que ilumina, sal que preserva y da sabor con el aroma de tu palabra y la misión de ser una ciudad de luz que atraiga a todos al Padre celestial. ¡Qué responsabilidad! Hoy te pedimos que enciendas tu luz en nosotros y, ya que somos importantes para ti, porque nos sigues confiando la misión de dar a conocer tu nombre y tu amor, fortalécenos en nuestras debilidades, que saboreemos el mensaje del Evangelio y —siguiendo tus huellas— llevemos con alegría tu luz y tu sabor a nuestros hermanos. Que nuestro amor sea como la sal que da sabor a la vida y le da sentido. Que nuestra vida sea una luz para todos los que viven en la oscuridad. Que nuestras familias sean como ciudades iluminadas para ser vistas desde lejos, como signos de que tú estás con nosotros y que ellas son testimonio de amor y de unidad. Danos el don de la sabiduría y la inteligencia para comprender en humildad tus palabras: Tu luz romperá como la aurora si partes tu pan con el hambriento, hospedas al que no tiene techo, vistes al que va desnudo y no ignoras las heridas de los que son hombres como tú, —hermanos tuyos—.
Tú mismo te sentirás feliz, porque se curarán las heridas del corazón que tanto duelen.
SEÑOR, AYÚDANOS A SER VERDADERA SAL Y VERDADERA LUZ.
Bendecido Domingo para todos.
