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7-ago.- viernes de la 18.ª semana del T. O.

No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor...

«Hermosos son sobre los montes, los pies del mensajero que proclama la paz».

Iniciamos el camino que nos regalas hoy con estas palabras que nos regala la profecía de Nahum. Hay motivación al mirar el amanecer que va a clareando y nos muestra nítidamente lo que podremos hacer durante este día: amar y servir; motivar y celebrar. 

Al lado de estas palabras vamos encontrando el caminar perfecto: «si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue así mismo, tome su Cruz y me siga». El poder tomar nuestra cruz ya nos motiva a amar y servir de una manera desinteresada. Hoy nos sentimos esperanzados por esta fiesta patria que nos abre a un horizonte de esperanza y un mañana lleno de fe y confianza en ti. Hoy nos invitas a revisar nuestras prioridades. La cruz que nos propones no es una carga añadida, sino la consecuencia de amar en serio. Quien ama siempre arriesga algo de sí mismo. Pero precisamente ahí, en esa entrega cotidiana y silenciosa, se encuentra el secreto de la verdadera vida.

Gracias, Señor, porque tendremos un fin de semana para descansar y mirar la vida con alegría y felicidad, cargando la cruz que es sencilla de llevar. Amén. 

En este viernes elevemos una oración para pedirle al Señor que aquel que presidirá el nuevo gobierno lo haga con sabiduría, inteligencia y humildad, por caminos de paz, de comprensión y unidad. Un muy feliz viernes de patriotismo y de descanso. 

Palabra del Papa

«No se trata de una cruz ornamental, o de una cruz ideológica, sino que es la cruz del propio deber, la cruz del sacrificarse por los demás con amor —por los padres, los hijos, la familia, los amigos, también por los enemigos—, la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz. Asumiendo esta actitud, estas cruces, siempre se pierde algo. No debemos olvidar jamás que “quien perderá la propia vida [por Cristo], la salvará”. Es un perder para ganar». (Homilía de S.S. Francisco, 19 de junio de 2016)

la cruz de la disponibilidad para ser solidarios con los pobres, para comprometerse por la justicia y la paz
ORACIÓN 

Señor, enséñame a negarme a mí mismo, tomar mi cruz cada día y seguirte con un corazón sincero. Ayúdame a no aferrarme a las cosas del mundo, sino a cuidar mi alma y vivir según tu voluntad. Dame fuerza en las dificultades, humildad para servir y valentía para permanecer fiel a Ti. Que nunca me avergüence de tu Evangelio y que mis palabras y acciones reflejen tu amor. Reina en mi vida, guía mis pasos y ayúdame a caminar contigo hasta alcanzar la verdadera vida. Amén.

Reflexión https://www.iglesiaenaragon.com/lectio-divina-7-de-agosto-de-2026 

«¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?» san Ignacio de Loyola conquista el alma juvenil de Javier con esta pregunta del evangelio. Esta es una pregunta clave que debemos hacernos alguna vez en la vida. ¿De qué me sirve lo que estoy haciendo? ¿lo hago a gusto? ¿me llena, me satisface? ¿Me gustaría que mi vida terminara así? La respuesta a esta pregunta vital la tiene Jesús cuando dice: «El que quiera seguirme, que cargue con su cruz y me siga». Jesús no dice que debemos cargar con esa Cruz suya, tan pesada. Pide que carguemos con la nuestra. Y ¿cuál es nuestra cruz? Sencillamente, la cruz de la vida. A mí me gustaría ser distinto de lo que soy; sin embargo, tengo que aceptarme con mis limitaciones. Hay muchas cosas que no me gustan de las personas que conviven conmigo; sin embargo, las tengo que aceptar. En esta vida hay cantidad de cosas que no soporto; sin embargo, las tengo que asumir. El asumir la vida como es y no como a mí me gustaría que fuera, es propio de hombres maduros. Y el cristiano es el más hombre, el que no huye de la vida, el que la acepta tal y como es, pero lucha por mejorarla tal y como hizo Jesús.

Antes de cargar con nuestra “cruz”, lo primero, es seguir a Cristo. No se sufre y luego se sigue a Cristo… A Cristo se le sigue desde el Amor, y es desde ahí desde donde se comprende el sacrificio, la negación personal: «Quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará» (Mt 16,25). Es el amor y la misericordia lo que conduce al sacrificio. Todo amor verdadero engendra sacrificio de una u otra forma, pero no todo sacrificio engendra amor. Dios no es sacrificio; Dios es amor, y sólo desde esta perspectiva cobra sentido el dolor, el cansancio y las cruces de nuestra existencia tras el modelo de hombre que el Padre nos revela en Cristo. San Agustín sentenció: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado». (Pedro Iglesias Martínez)

Autor:
José Hernando Gómez Ojeda, pbro.