Bendito seas y glorificado tu nombre, por todos los dones que estamos seguros recibiremos hoy de tu mano generosa. Recibe, Señor, nuestra humilde y confiada oración y haz que verdaderamente sigamos tu camino amoroso iluminados por tu presencia. Tú preparas la mesa de tu amor para todos los que quieran venir a tu banquete: pobres y ricos, santos y pecadores. Queremos aprender de ti a dar generosamente a todos los que piden alimento o amor; no escasas migajas o sobras del banquete, sino a nosotros mismos como alimento. Gracias, Señor, por el ejemplo de fe que encontramos en esta mujer cananea. Que tu Espíritu nos ilumine nuestra oración y vivamos en confianza nuestras actividades de este día. Que todo lo hagamos en pensamiento positivo y ánimo confiado. Amén.
En este jueves el amor de Dios inunde nuestros corazones con su presencia.
Reflexión
La fe, para ser grande, ha de tener tres cualidades: Ha de ser confiada, perseverante y humilde... El mayor defecto que tienen nuestras oraciones y todo lo que nos sucede, es que nuestra confianza es pequeña. De ahí viene que no merecemos recibir el socorro tal como lo deseamos o pedimos... La mujer cananea al ver que el Señor no le respondía nada y parecía no atender a su petición, no por eso dejó de gritar: “Hijo de Dios, ten piedad de mí” ... Perseveremos en nuestra oración en todo tiempo, pues, aunque el Señor parezca no oírnos, no es que nos quiera desairar; es para obligarnos a clamar más fuerte y así hacernos percibir mejor la grandeza de su misericordia... Cuando nuestro Señor dijo a esta mujer: “no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos”, ella no se ofendió, sino que replicó: “sí, pero también los perritos se alimentan de las migajas que caen” ... Esta humildad fue tan agradable a nuestro Salvador, que le concedió todo lo que pedía, diciendo: “Oh mujer, qué grande es tu fe, hágase como lo quieres”. Es cierto que todas las virtudes son muy gratas a Dios, pero la humildad le gusta sobre todo y parece que no pudiera resistirse a ella (san Francisco de Sales).
