Hoy nuestro corazón se regocija de alegría y de gozo al honrar a Nuestra Madre Santísima en su advocación de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Gracias por habernos dado la dicha y la fortuna de tenerla como Madre. A ti Celestial Princesa te honramos y veneramos en este día y te damos gracias por el Si que diste al Padre Celestial y ante todo por ser intercesora nuestra. Danos la gracia de cumplir al igual que lo hiciste, la voluntad del Padre y concédenos seguir tu ejemplo de humildad y sencillez, siendo dóciles a la Palabra de tu Hijo y “haciendo lo que Él nos diga”. Madre de la ternura y del amor, que tu maternal bendición llegue a nosotros día y noche, en las Alegrías y tristezas, en el trabajo y el descanso, en la salud y la enfermedad en fin en todo momento bendícenos, guárdanos y protégenos. Auxilianos en nuestras dificultades y bajo tu manto encondenos del mal. Amén.
Madre de la Salud y la ternura, Virgencita de Chiquinquirá, RUEGA POR NOSOTROS.
Señor, al inicio de este día, te pedimos que nos guíes, nos envíes y hagas que nuestras obras sean bendecidas en tu presencia. Feliz día, confiando en el Señor y la Virgencita. Un muy feliz y esperanzador fin de semana.
Oración a Nuestra Señora de Chiquinquirá
¡Oh, incomparable Señora del Rosario de Chiquinquirá! Madre de Dios, Reina de los ángeles, abogada de los pecadores, refugio y consuelo de los afligidos y atribulados. Virgen Santísima, llena de poder y de bondad, lanzad sobre nosotros una mirada favorable para que seamos socorridos por Vos en todas las necesidades en que nos encontremos.
Acordaos, ¡Oh clementísima Señora del Rosario!, que nunca se oyó decir que alguien que haya recurrido a Vos, invocado vuestro Santísimo nombre, e implorado vuestra singular protección, fuese por Vos abandonado.
Animados con esta confianza, a Vos recurrimos. Os tomamos desde hoy y para siempre por Madre nuestra, nuestra protectora, consuelo y guía, esperanza y luz en la hora de la muerte. Líbranos de todo aquello que pueda ofenderos y a vuestro Santísimo Hijo, Jesús. Presérvanos de todos los peligros del alma y del cuerpo; dirígenos en todos los negocios espirituales y temporales; líbranos de la tentación del demonio, para que, andando por el camino de la virtud, podamos un día veros y amaros en la eterna gloria, por todos los siglos de los siglos. Amén.

