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Aquellos que se deleitan en la búsqueda de la verdad y la justicia

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Desde el deseo de tantos hombres por la justicia, por la verdad, por los derechos de los desheredados, podemos reconocer que Dios está atrayéndolos hacia Jesucristo para…

El texto del evangelio de la misa de este domingo (Juan 6, 41-51) se abre presentando la reacción de los galileos a la revelación con la que concluyó nuestra lectura de hace ocho días: Jesús es el pan bajado del cielo. Los galileos murmuran sobre el origen divino de Jesús, el misterio de Jesucristo.

En la Biblia ‘murmurar’ es un verbo que se emplea para referirse a la resistencia de alguien ante el plan de Dios porque este plan cuestiona lo conocido, porque este plan, a quien busca creer, lo desaloja de aquello que le ha dado seguridad. Recordemos la primera lectura del domingo anterior: «la comunidad de Israel murmuró contra Moisés y Aarón en el desierto» (Éxodo 16, 2). Murmurar es la actitud de quien se resiste a abandonar su ‘área de confort’ para adentrarse en el misterio.

El evangelio de hoy empieza manifestando que a los galileos les resulta desafiante asumir que Dios realice la salvación por medio de Jesús, a quien tienen bien conocido como un hombre; saben de la condición humana de Jesús e impugnan que sea capaz de dar la verdadera vida.

Respondiendo a la murmuración de los galileos Jesús nos hace avanzar hacia el segundo tema del capítulo: la necesidad de apropiarnos del don de Dios en Jesús y ello mediante la metáfora de comer.

Comenzamos a introducirnos en este tema retomando la revelación de Jesús acerca del trabajo que quiere realizar el Padre; el domingo pasado dijo Jesús: «La obra de Dios es esta: que crean en el que Él ha enviado», ahora explica cómo se está realizando esta obra: «Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió». El trabajo del Padre es atraernos hacia Jesús, llevarnos a configurarnos como discípulos de Jesús.

La obra del Padre no puede ser coercitiva, porque estaría marginando la experiencia cristiana del ámbito de la libertad del hombre. En este contexto San Agustín comenta que el Padre atrae no por la fuerza sino con deleite: «Hay cierto placer del corazón, para el que es dulce el pan celeste. … hacia Cristo se atrae el hombre que se deleita en la verdad, en la justicia» (Tratado sobre el evangelio de Juan, 26, 4).

El amor a la verdad lo podemos reconocer en la afirmación de Jesús: «Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí». La revelación de Jesucristo viene a responder a las búsquedas íntimas del ser humano. Desde este deseo de tantos hombres hermanos nuestros por la justicia, por la verdad, por los derechos de los desheredados, podemos reconocer que Dios está atrayéndolos hacia Jesucristo para que en Él tengan vida.

El cambio de paradigma del que nos ha insistido el Plan E nos permite contemplar el trabajo del Padre del cielo atrayendo a la humanidad hacia Jesucristo y nos hace mirar con esperanza el desafío de evangelizar en una época poscristiana.

Terminemos atendiendo a una nueva propuesta, pasamos de la afirmación ‘Yo soy el pan bajado del cielo’ a esta otra: ‘Yo soy el pan que da la vida’, para comprender que Jesucristo es el pan que viene de Dios y que no deja morir a quien lo come. Este pan que no deja morir es la ‘carne’ de Jesucristo. En el evangelio según san Juan el término ‘carne’ hace referencia a la condición del Verbo encarnado (véase Juan 1, 14). Estamos ante un nuevo anuncio de la Pascua de Jesús: Él se entrega a sí mismo para dar vida al mundo.