En el evangelio de la misa de hoy (Marcos 3, 20-35) hallamos tres reacciones a la irrupción de Jesús en la historia: los cercanos creen que está fuera de sí, los escribas venidos de Jerusalén piensan que es agente del demonio, sus parientes directos se sienten desplazados de su círculo cercano. Vergüenza ajena sienten sus parientes, obras del demonio conceptúan los expertos religiosos y, de parte de su familia, comprensible reclamo humano.
En la liturgia de la palabra de este domingo, estos episodios están ambientados por la historia de pecado y de perdón. En la primera lectura de la misa de hoy (Génesis 3, 9-15) leemos la reacción de Adán a la experiencia del pecado: «Oí tu ruido en el jardín, me dio miedo, porque estaba desnudo, y me escondí» y junto a ella, de parte de Dios, la promesa de salvación: «Pongo hostilidad entre ti [el diablo] y la mujer, entre tu descendencia y su descendencia; esta te aplastará la cabeza».
Este antecedente del leccionario nos lleva a destacar del evangelio de hoy la reacción de los escribas venidos desde Jerusalén y la respuesta de Jesús. Indudablemente el resultado de la evangelización obrada por Jesús es visto como algo sobrehumano, los inspectores que han bajado de Jerusalén atribuyen a un poder satánico la acción liberadora de Jesús. La respuesta de Jesús a esta acusación tiene dos partes, la primera apunta a desmentir su alianza con Satanás y la segunda atiende al tema del pecado y del perdón.
De plano Jesús rechaza toda vinculación con Satanás y lo hace desde un argumento lógico: «¿Cómo va a echar Satanás a Satanás?». A esta pregunta responde Jesús con dos breves comparaciones: Un reino o una familia dividida no puede subsistir; y ante el vacío declara que el dominio de Satanás no termina por una autodestrucción sino porque ha llegado ‘uno más fuerte’. Así se refiere Juan Bautista al Mesías: «Aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo» (Mateo 3, 11; Lucas 3, 16).
La orientación desde la primera lectura nos pide pasar a abordar la presentación del perdón de los pecados. En esta parte, Jesús comienza recordando que la misericordia de Dios es ilimitada, pues Él perdona todos los pecados y blasfemias que pueda cometer el ser humano.
Es útil esbozar en este lugar los conceptos de pecado y de blasfemia; el primero es lesionar los derechos del hombre y blasfemia lesionar los derechos de Dios. Todo ello lo perdona Dios, sin embargo Jesús advierte que este perdón no obra en el caso de lesionar al Espíritu Santo. Ahora Jesús aclara en qué consiste aquí esta blasfemia contra el Espíritu Santo: «Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo», y que por eso obraba de esa manera.
Los escribas que habían bajado de Jerusalén satanizan la obra de Dios a través de Jesús al declarar que es diabólica la acción de Jesús de devolver la dignidad a las personas liberándolas de la marginalidad. Quien sataniza el poder divino se cierra a la acción de Dios quien es el único con poder para perdonar pecados. La misericordia de Dios es ilimitada, pero no se impone sobre la cerrazón del pecador.

