«En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos…»
( Marcos 6, 7-13 )
El Maestro Jesús fue preparando de forma paulatina a sus apóstoles; aquellos hombres que, a pesar de sus limitaciones, fueron escogidos para la misión de implantar el Reino de Dios sobre la tierra. Eran hombres rudos, algunos incluso ignorantes y hasta torpes para entender las cosas de Dios. Sin embargo, fueron generosos, audaces a la hora de seguir a Jesús. Se olvidaron de sus propios defectos y confiaron plenamente en el poder divino.
Para aumentar su confianza en Dios, fueron enviados sin dinero, solamente con lo que llevaban puesto. Ellos no lo pensaron dos veces y marcharon por los caminos de Palestina, recorriendo los pueblos y aldeas para anunciar que la salvación había llegado con Jesús de Nazaret, el joven Maestro que enseñaba la comprensión mutua, la conquista de un mundo mejor a través de la propia renuncia, de la entrega por amor a Dios en el servicio a todos los hombres.
Era una aventura para gente joven, para hombres y mujeres que supieran de amores limpios y nobles, para “locos de remate” que se olvidaran de sí mismos y se preocuparan de los demás. Se trata de una tarea de salvación universal, de una guerra donde las “armas” son la persuasión amable, la oración ferviente, el sacrificio escondido, la santidad personal en una palabra.
Aquellos pescadores y labriegos emprendieron una marcha que ha de durar durante siglos, la marcha de los misioneros de Jesús. Ésta fue la primera misión y tuvo éxito. Volvieron gozosos y radiantes porque la paz y la alegría habían brotado al conjuro de sus palabras. Aquello era sólo el principio, una prueba fehaciente de que quienes se ponen en camino en nombre del Señor Jesús, a pesar de sus limitaciones personales, sembrarán con eficacia la semilla de la fe, del amor y de la esperanza.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán

