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Domingo 27º del Tiempo Ordinario07 octubre de 2018

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El episodio parece insignificante. Sin embargo, encierra un trasfondo de gran importancia para los seguidores de Jesús. Según el relato de Marcos, algunos tratan  de acercar a Jesús a unos niños y niñas que corretean por allí. Lo único que buscan es que aquel hombre de Dios los pueda tocar para comunicarles algo de su fuerza y de su vida. Al parecer, era una creencia popular.

 Los discípulos se molestan y tratan de impedirlo. Pretenden levantar un cerco en torno a Jesús. Se atribuyen el poder de decidir quiénes pueden llegar hasta Jesús y quiénes no. Se interponen entre Él y los más pequeños, frágiles y necesitados de aquella sociedad. En vez de facilitar su acceso a Jesús, lo obstaculizan. Se han olvidado ya del gesto de Jesús que, unos días antes, ha puesto en el centro del grupo a un niño para que aprendan bien que son los pequeños los que han de ser el centro de atención y cuidado de sus discípulos. Se han olvidado de cómo lo ha abrazado delante de todos, invitándoles a acogerlos en su nombre y con su mismo cariño.

 Jesús se indigna. Aquel comportamiento de  sus discípulos es intolerable. Enfadado,  les da dos órdenes: «Dejen que los niños se acerquen a mí: no se lo impida…». Son los pequeños, débiles e indefensos, los primeros que han de tener abierto el acceso a Jesús. La razón es muy profunda pues obedece a las intenciones del Padre: «… pues de los que son como ellos es el Reino de Dios». En el Reino de Dios y en el grupo de Jesús, los que molestan no son los pequeños, sino los grandes y poderosos, los que quieren dominar y ser los primeros.

 El centro de su comunidad no ha de estar ocupado por personas fuertes y poderosas que se  imponen a los demás desde arriba. En su comunidad se necesitan hombres y  mujeres que  buscan el último lugar para acoger, servir, abrazar y bendecir a los  más  débiles y necesitados.

 El Reino de Dios no se difunde desde la imposición de los grandes sino desde la acogida y defensa a los pequeños. Donde éstos se convierten en el centro de atención y cuidado, ahí está llegando el reino de Dios, la sociedad humana que quiere el Padre

  

Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.

Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán