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DOMINGO 6° DE PASCUA, 05 de mayo

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”… Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado;

permaneced en mi amor…”

( Juan 15, 9ss. )

 

En las tres lecturas de hoy suena insistente el mensaje del Amor que nos tiene Dios y nos lo ha manifestado en Cristo Jesús, y el que debemos tenernos unos a otros, sin importar la raza, credo o nación. Fijémonos especialmente en el amor del Padre hacia el Hijo, del Hijo hacia sus discípulos y de éstos hacia los demás. Ahora somos nosotros los que debemos traducir en hechos concretos ese Amor que Jesús nos ha manifestado y nos manda cumplirlo con nuestro prójimo.

Y es que este diálogo de despedida de Jesús con sus apóstoles antes de morir, después de la Última Cena (Testamento Espiritual) no podía ser de otra manera. Como aquel padre de familia que va a salir de viaje y deja a sus hijos en casa, con las recomendaciones de portarse bien, respetar las normas de convivencia y otras indicaciones valiosas, Jesús también aconseja a sus apóstoles recordándoles aquel mandamiento más importante en la vida del cristiano: "amaos los unos a los otros".

Una recomendación como esa resulta un tanto incomprensible para nuestro medio, porque la dimensión del amor que se refleja en las tres lecturas, trasciende las fronteras… es un amor universal. Y ya es bastante complicado hacer vida ese "amaos los unos a los otros" entre amigos y familiares, como para que Jesús nos pida que amemos a aquel a quien no conocemos.

Es muy notorio el clima de odio y violencia en que se vive en el mundo. Se nota la violencia y la insensibilidad en las calles, en los centros comerciales y lugares públicos. Las normas básicas de educación y convivencia han desaparecido en muchos lugares. Ya hasta el saludo no es tan acostumbrado entre "conocidos", mucho menos a personas extrañas. Y en las mismas familias se vive un ambiente desagradable. Esposos golpeando esposas o viceversa, beligerancia entre hermanos, violencia generalizada. Y si ya es difícil cumplir ese mandamiento entre familiares y amigos, ahora nos resulta imposible sentir ese afecto por un extraño, un desconocido. Pero es la idea y el mandato de las lecturas de hoy.

 

Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.

Canónigo Catedral - Párroco San Luis Beltrán