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El don de Dios para que el hombre tenga vida

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La mirada de Jesús descubre a personas a las que hay que ofrecer sentido para su existencia, personas que andan como ovejas sin pastor.

Hace ocho días concluimos nuestra lectura del relato del evangelio según San Marcos comprendiendo cómo responde Jesús a la situación de abandono y dispersión del pueblo, ahora hacemos una pausa de cinco domingos para leer el capítulo seis del evangelio de Juan; el capítulo seis del evangelio según San Juan se inicia con la preocupación de Jesús por la multitud que se encamina hacia Él y busca atender a su indigencia: «¿Con qué compraremos panes para que coman estos?».

El capítulo seis del evangelio de Juan acude a la metáfora del alimento para exponer la misión de Jesús; de entrada, esta imagen del alimento nos pone ante la situación de carencia o incapacidad del ser humano, el tener que alimentarnos nos hace tomar conciencia de que no somos autosuficientes, que necesitamos de otros para subsistir.

En el episodio del evangelio de la misa de hoy (Juan 6, 1-15) tenemos la introducción al tema de la necesidad del alimento y el don de Dios en Jesús para garantizar adecuadamente el sustento verdadero. En esta introducción se presenta la situación necesitada o limitada de la existencia del ser humano. Esta contingencia de la existencia humana la podemos asumir como el punto de partida de la Nueva Evangelización, según la cual la realidad de Dios hay que plantearla desde la existencia del hombre.

El episodio que leemos se inicia recordando el entusiasmo de la gente por «los signos que [Jesús] hacía con los enfermos»; pero el Maestro busca distanciarse de aquel escenario y se retira con sus discípulos a la parte montañosa. El gentío los sigue. Jesús levanta la vista y, como anticipando la revelación de la Pascua, ve a la multitud que se dirige hacia Él: «Cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Juan 12, 32).

La mirada de Jesús descubre a personas en búsqueda, personas a las que hay que ofrecer sentido para su existencia, personas que –como nos dijo Marcos hace ocho días– andan como ovejas sin pastor. Jesús sabe lo que necesita aquella multitud y en la anotación del narrador que sigue a la pregunta a Felipe se pone de manifiesto que aquello que Él va a ofrecer supera los cálculos humanos, Él va a proporcionar algo más que un mendrugo de pan a cada uno. Al final sabremos que después de haber comido cada uno cuanto quiso, todavía se recogen doce canastos de sobras, que ‘no se pierden’. Aquello que va a entregarles Jesús va más allá de todas las expectativas humanas.

Los doce canastos que se recogen para que nada se desperdicie los podemos relacionar con la experiencia del maná que narra el capítulo dieciséis del libro del Éxodo. Para alimentarse en el desierto, cada mañana los israelitas recogían la cantidad de maná que podían comer, algunos recolectaban más de lo que necesitaban y lo que no alcanzaban a consumir se descomponía. Del don que ofrece Jesús no se pierde nada. Tenemos aquí una pista para desarrollar en el diálogo de Jesús con los judíos que viene a continuación y que estaremos leyendo los siguientes domingos.