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El don de Dios que viene en ayuda del ser humano

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La ‘carne’ –el ser humano– necesita de la revelación cristiana para comprender y participar del proyecto de Dios, es por la acción del Espíritu –esto es, del soplo de…

El evangelio de la misa de este domingo (Juan 6, 60-69) tiene dos partes, en la primera hallamos las objeciones de un grupo de discípulos y en la segunda tenemos la profesión de fe de Simón Pedro.

Los domingos anteriores hemos iniciado la lectura del pasaje del evangelio de la misa escuchando las murmuraciones de los judíos; recordemos que en la Biblia el verbo ‘murmurar’ se emplea para manifestar el desacuerdo de los israelitas con el proyecto de Dios (véase Éxodo 16, 2; 17, 3; Números 14, 2); así que la murmuración aparece cuando deseamos que la salvación se realice ‘a nuestra’ manera.

Pues el evangelio de este domingo principia con la murmuración de un grupo de discípulos de Jesús, ellos manifiestan que las palabras del Maestro son difíciles de comprender: «Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?».

¿A qué se refieren los discípulos con la frase ‘este modo de hablar’? A las tres revelaciones importantes que Jesús ha hecho en este capítulo del evangelio: en primer lugar, que Él viene de Dios (es el pan que baja del cielo); en segundo lugar, que Él se entregará para que el mundo tenga vida: «El pan que daré es mi carne por la vida del mundo», y ha concluido afirmando que Él responde adecuada y suficientemente a los anhelos más profundos del ser humano: «Mi carne es verdadera comida».

A un grupo de discípulos les resultan inaceptables estas revelaciones de Jesús, quizá porque la propuesta del Evangelio rivaliza con la idea de Dios que ellos se han formado o porque esperan otro tipo de salvación. Probablemente los críticos de Jesús no están muy dispuestos a «trabajar en el trabajo que el Padre quiere».

Pensamos que en el fondo la murmuración de los discípulos surge desde una fe que no está abierta a la trascendencia. Resulta lugar común llamar fe al simple anhelo de lograr satisfacer las esperanzas humanas, se trataría de la fe encerrada en los horizontes del mundo. La murmuración de los discípulos manifiesta que ellos no quieren ser conducidos por el Padre hacia Jesús.

Jesús responde en primer lugar contrastando la crítica de los discípulos con su regreso al Padre: el pan que ha bajado del cielo, subirá al Padre. Mientras que a estos hombres les resulta inaceptable la manera como Dios está realizando la salvación por la encarnación de Jesús, Jesús anuncia la culminación de la encarnación con la glorificación.

En segundo lugar, Jesús amplía su respuesta a las murmuraciones recordando lo que ya había dicho a Nicodemo: «De la carne nace lo carnal; en cambio, del Espíritu nace lo espiritual» (Juan 3, 6).

Aquí no se está hablando de dos principios (materia/espíritu), en este punto es útil tener presente que para el evangelio según san Juan el término ‘carne’ indica la existencia concreta y limitada del ser humano. En el evangelio que leemos este domingo, Jesús manifiesta que el ser humano no tiene capacidad por sí mismo para alcanzar la verdadera vida: «la carne no sirve para nada».

La ‘carne’ –el ser humano– necesita de la revelación cristiana para comprender y participar del proyecto de Dios, es por la acción del Espíritu –esto es, del soplo de Dios– como la ‘carne’, puede entender todo.

La segunda parte del evangelio de la misa de este domingo presenta la confesión de fe cristiana expresada por Simón Pedro: en nadie más que en Jesucristo encontramos la verdadera vida: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna»; de esta manera la fe de los cristianos proclama que en nadie más que en Jesucristo el hombre encuentra la verdadera vida.