Hace ocho días, en la solemnidad de la Ascensión, escuchábamos cómo el Señor Jesús lanzaba a sus discípulos a la misión con horizonte de universalidad para extender esta experiencia de comunión que él anunció e inauguró con su Pascua.
Mas los discípulos no están solos e inermes para cumplir el encargo de hacer posible la comunión de la humanidad entera con Dios. Jesús anunció a los discípulos el envío del Espíritu que asiste a la Iglesia para cumplir esta misión.
El Catecismo de la Iglesia Católica (año 1992) acude a la imagen del ‘pedagogo’ para presentar la acción del Espíritu Santo acompañando a los discípulos.
En su origen el término pedagogo –en el idioma griego– une el sustantivo ‘paidós’, niño, con el verbo ‘agó’, conducir, llevar; así fue como en el mundo griego el sustantivo pedagogo se empleó para denominar al empleado o esclavo que tenía la misión de conducir o llevar a los niños hasta el maestro (algo así como ‘el señor de la ruta’ en nuestros días).
De acuerdo con el Catecismo de la Iglesia Católica, en cuanto pedagogo, el Espíritu conduce a los discípulos hasta el Maestro de tres formas:
1. Preparando el corazón para el encuentro con Cristo, esto es avivando el don de la fe en los discípulos a fin de disponerlos a la conversión y a la adhesión a la voluntad del Padre.
2. Llevándonos o conduciéndonos hasta el sentido profundo de las palabras de Cristo y con ello reconocer de qué manera el plan de salvación se ha venido realizando en la historia hasta alcanzar hoy a cada uno de nosotros.
3. Actualizando el misterio de Cristo, esto es poniendo por obra en nuestra existencia las promesas de Jesús.
Estas tres formas como el Pedagogo nos conduce hasta Jesucristo las podemos reconocer en la estructura del ritual de la Misa. En efecto, en los ritos iniciales el Espíritu nos prepara para encontrar al Señor Jesús y acoger su presencia en la asamblea reunida; en este sentido el Misal afirma que la finalidad de los ritos iniciales es «hacer que los fieles congregados conformen una comunidad», una ‘comunidad eucarística’ «para escuchar como conviene la Palabra y celebrar dignamente la Eucaristía».
Después, en la liturgia de la Palabra, el Pedagogo «da a los lectores y a los oyentes, según las disposiciones de sus corazones, la inteligencia espiritual de la Palabra de Dios» y así llegar a comprender cómo la historia de salvación se concretiza en la celebración litúrgica. El Espíritu despierta la memoria de la Iglesia.
A continuación, en la liturgia de la Eucaristía el Pedagogo invocado en la epiclesis sobre el pan y el vino los consagra transformándolos en el Cuerpo y la Sangre del Señor y también invocado sobre la asamblea une a Cristo a quienes comulgan comiendo su Cuerpo y bebiendo su Sangre para ser con Él «ofrenda permanente».

