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El profetismo que desbloquea el camino de la fe

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El profeta es el hombre que tiene la misión de hacernos entrar en diálogo con Dios. Sin este diálogo el hombre permanece de espaldas al proyecto de Dios.

La escena de Jesús en la sinagoga de su pueblo, que leemos en el evangelio de la misa de este domingo (Marcos 6, 1-6) cierra una serie de instrucciones sobre la fe en el relato de Marcos. Narrativamente esta escena comienza por recordarnos a través de los nazarenos la actividad evangelizadora de Jesús; en primer término, él anuncia un mensaje que es captado como ‘sabiduría’ y, en segundo, viene realizando unas obras prodigiosas con sus manos.

La trama de la escena avanza proponiendo una paradoja. A continuación del reconocimiento del extraordinario actuar de Jesús se esperaría una aceptación de sus paisanos, pero sucede todo lo contrario: «Se escandalizaban a cuenta de él». Esta incomprensión es la clave para salir en búsqueda del mensaje central del evangelio de la misa de este domingo.

La trama de la incomprensión principia con la desconfianza manifiesta de las personas que están en la sinagoga del pueblo de Jesús; desde el recelo que los atrapa, los hombres buscan una explicación de lo que oyen y ven, o de los ecos que han llegado hasta ellos desde las riberas del mar de Galilea: «¿De dónde saca todo eso?»

La formulación de la reacción ante el asombro está exponiendo la dificultad para llegar a la fe. Aquí el asombro surge ante algo que los hombres presentes en la sinagoga no pueden conciliar, por una parte está lo extraordinario de las evidencias que oyen y ven y, por la otra, la normalidad de una persona ‘común y corriente’ de su pueblo. En el fondo está la dificultad para aceptar como obra de Dios ‘todo eso’ que dice y hace Jesús.

‘Todo eso’ referido por los nazarenos incluye en primer lugar el contenido de la Buena Noticia que predica Jesús: «¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?». En lo que hemos venido siguiendo del relato de Marcos ‘esa sabiduría que le ha sido dada’ se refiere al anuncio del Reino que se explicitó en las parábolas. Quienes están presentes en la sinagoga reconocen en la enseñanza de Jesús una ‘sabiduría’, pero desconfían de su origen: ¿quién se la ha dado?, ¿de dónde proviene? Dicho de otra manera, ¿esto es cosa de Dios o cosa del diablo? En segundo lugar, ‘todo eso’ incluye «esos milagros que realizan sus manos».

Los nazarenos han percibido una fuerza poderosa actuando a través de las manos de Jesús, un ‘poder’ que no es de los hombres. Y de nuevo surge la pregunta, ¿quién le ha dado este poder?, ¿esto es cosa de Dios o cosa del diablo?

Por la forma despectiva como se refieren a Jesús, podemos deducir que sus contradictores están cercanos a pensar que se trata de ‘cosas del diablo’, pues ‘este hombre’ es un trabajador manual apañado –en griego ‘tékton’, un obrero habilidoso–; su origen y su familia son plenamente conocidos por todos, los nombres de sus hermanos (Santiago, José, Judas, Simón) son nombres judíos corrientes. Nada extraordinario.

La sospecha de los nazarenos manifiesta el problema del inicio de la fe: «Y se escandalizaban a cuenta de él». Lo realmente central del episodio es la interpretación que ofrece Jesús sobre este bloqueo.

Jesús manifiesta que esta dificultad para la fe que se presenta entre sus paisanos, entre algunos de su propia familia e incluso en algunos miembros de la comunidad cristiana –casa–, es una cerrazón ante la profecía, una resistencia a la misión del profeta.

El profeta es el hombre de la ‘Palabra’, es el hombre que tiene la misión de hacernos entrar en diálogo con Dios para que a partir de ello reconozcamos cómo Dios está realizando su proyecto del Reino entre nosotros. No es precisamente el profeta un hombre que anuncia acontecimientos del futuro, sino quien nos estimula a reconocer cómo Dios está actuando en nuestro presente.

Este diálogo que propone el profeta es intercambio que nos abre a la fe, sin este diálogo el hombre permanece de espaldas al proyecto de Dios.