Concluida la celebración de la Pascua, la liturgia de la Iglesia nos ayuda a percibir en lo cotidiano de nuestra existencia la vida nueva que nos trae la resurrección de Cristo; hace ocho días, en la solemnidad de la Santísima Trinidad, la liturgia nos llevaba a comprender la salvación como proyecto que Dios realiza en la historia del mundo y de cada uno de nosotros mediante el envío del Hijo y el envío del Espíritu Santo; en este domingo contemplamos cómo en la Eucaristía se perpetúa día a día la entrega de Cristo para que percibamos los frutos de esa entrega por nosotros.
El evangelio de este domingo (Marcos 14, 12-16.22-26) tiene dos partes, en la primera se narran los preparativos de la Cena de Pascua de Jesús con sus discípulos, en la segunda tenemos una interpretación de la muerte de Jesús.
Después de una indicación cronológica, el relato se abre con una pregunta de los discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?», la primera parte del evangelio de hoy concluye con la resolución práctica de esta demanda: «Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la Pascua».
Lo central de esta primera parte es la manera como se responde a la cuestión inicial, la forma como se describe el desenlace pone de manifiesto ante todo que Jesús tiene una clara conciencia sobre el momento y traza el desarrollo de los acontecimientos. El Maestro da cuatro órdenes a los discípulos: ir, seguir, preguntar y preparar.
Pero, además, si los discípulos comenzaron indagando sobre «prepararte la cena de Pascua», el desarrollo que orienta Jesús conduce a algo nuevo: «la Pascua con mis discípulos». Esta primera parte del evangelio de este domingo manifiesta que lo que se está narrando establece un vínculo entre Jesús y sus discípulos.
La segunda parte la podemos entender como el despliegue de la conciencia que tiene Jesús de la historia y de su muerte en particular. En esta segunda parte Jesús expresa el sentido de su entrega mediante unas acciones y unas palabras con el pan y con el cáliz.
Mediante los gestos y palabras que dieron origen a la Eucaristía, Jesús nos dice que en este sacramento se nos está entregando él mismo: «Tomen, esto es mi cuerpo». Las palabras sobre el cáliz precisan el sentido de su muerte violenta –su sangre derramada–, por ellos nos invita a beber del cáliz de la Eucaristía para participar en la nueva alianza que Dios ofrece a la humanidad por medio de la Pascua de Jesús.
A través de la Eucaristía participamos de la Pascua de Cristo porque comiendo y bebiendo su Cuerpo y su Sangre Él se une a cada persona para que sea realidad en ella la vida nueva que Dios quiere para la humanidad.

