Hablar del Papa evoca una figura paterna, acogedora, con los brazos abiertos, con ojos amables, una sonrisa franca en los labios… porque el Papa es de todos y para todos, sin distinción de raza, credo o nación.
Una breve alusión terminológica puede acercarnos al personaje. La palabra “Papa” viene del griego “papas” (patriarca), referida a los obispos en general y después exclusivamente al Obispo de Roma. En las catacumbas de san Calixto (quien fue el papa número 16 de la Iglesia católica), en Roma, está el testimonio más antiguo del uso de esta expresión.
Desde el punto de vista histórico-etimológico, su primer significado designa padre, papá, en sentido familiar y afectuoso. Es la expresión usada en los primeros siglos del cristianismo para dirigirse a los miembros del clero y sobre todo a los obispos.
Aún hoy, el Patriarca copto de Alejandría de Egipto, es también llamado Papa. Hacia los siglos IX-X se convierte en título exclusivo del obispo de Roma y de la Iglesia universal. Además del anterior, el Papa recibe otros títulos: Sumo Pontífice, sucesor del apóstol Pedro, Vicario de Cristo, Santo Padre, Patriarca de Occidente (este último dejado de usar por Benedicto XVI).
Teológicamente considerado, el más preciso y del que derivan todos los demás, es el de Obispo de Roma, por tanto, heredero y sucesor de Pedro y cabeza del colegio apostólico. Este es el título que le califica en el sentido más profundo.
Por voluntad divina, el Romano Pontífice es el Vicario de Cristo en la tierra, su representante visible, quien hace presente en nuestro mundo no solamente la jerarquía de la Iglesia católica sino, además, la presencia viva y operante de Cristo, el amor de Cristo y su deseo de salvación que se extiende a todos.
Por esa razón, es necesario que el Santo Padre viaje, se acerque físicamente a los fieles, conozca de primera mano las necesidades y anhelos de los hombres y haga presente en todo el planeta que el hombre es el “camino de la Iglesia”, como le gustaba decir a Juan Pablo II.
El Señor hizo de Simón, al que dio el nombre de Pedro, y solamente de él, la piedra de su Iglesia. Le entregó las llaves de ella (cf. Mt 16, 14-20); lo instituyó pastor de todo el rebaño (cf. Jn 21, 15-17). Este oficio pastoral de Pedro y de los demás Apóstoles pertenece a los cimientos mismos de la Iglesia. Se continúa históricamente por la sucesión episcopal bajo el primado del Papa.
La doctrina de la Iglesia acerca del papado fue declarada en su forma definitiva por el Concilio Vaticano I en la Constitución Dogmática “Pastor Aeternus”, el 18 de julio de 1870.
Los cuatro capítulos de esta constitución tratan respectivamente del oficio de cabeza suprema, conferido a San Pedro, la perpetuidad de ese oficio en la persona del Romano Pontífice, la jurisdicción papal sobre todos los fieles y su autoridad plena para definir y discernir cuestiones de fe y de moral.
Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica, el Sumo Pontífice, “es el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de la muchedumbre de los fieles” en cualquier lugar del mundo.
De ahí que es un gran acontecimiento recibir al Santo Padre en Colombia, desde todo punto de vista.
No se trata de una visita de carácter político ni una estrategia para el momento que atraviesa el país actualmente: es la visita de un Padre, de un Pastor, que busca tener contacto directo con los fieles católicos, con los cristianos y con todas las personas de buena voluntad que quieran escucharlo y acompañarlo directamente o a través de los medios de comunicación.
Si se puede expresar así, es la llegada, largamente esperada, de un padre de familia que por razón de sus ocupaciones ha estado largo tiempo fuera del país.

