Del 6 al 10 de septiembre tuvimos la dicha de recibir al Papa Francisco en nuestro país. No dudamos ni un segundo en acudir al llamado hecho por la Arquidiócesis de Bogotá para servir en la Misa que se realizaría en nuestra ciudad. Para ello participamos en diferentes encuentros de preparación, en los que aprendimos sobre el pontificado de Francisco y sobre la importancia del servicio que prestaríamos. También nos preparamos en el espíritu, para recibir con un corazón abierto el mensaje de reconciliación que traía el Santo Padre.
El 7 de septiembre estuvimos desde muy temprano en el Parque Simón Bolívar, prestos a recibir a los asistentes con la calidez de una sonrisa. Verdaderamente no hay palabras para describir el sentimiento que embargó nuestros corazones. Vimos a Cristo en el rostro de cada persona. Ahora entendemos a qué se refiere Jesús cuando dice que su yugo es suave y su carga es ligera (cf. Mt 11, 20). No hay alegría más grande que dar amor.
Esta definitivamente fue una experiencia inolvidable, que nos hizo crecer espiritualmente y entender nuestro lugar en la Iglesia. Somos los jóvenes del Papa, somos los jóvenes de Cristo, y como tal entendemos lo mucho que la Iglesia necesita de nosotros, así como nosotros necesitamos de ella. El Sumo Pontífice avivó la llama de amor que hay en nuestros corazones, realmente nos confirmó en la fe y nos animó a seguir con nuestra labor evangelizadora y misionera.

