Hoy y el siguiente domingo estaremos leyendo del evangelio según san Juan fragmentos importantes del discurso de despedida de Jesús durante la última Cena.
Suele darse que algunos personajes, ante la proximidad de su muerte, reúnen a sus familiares para repasar con ellos las enseñanzas y experiencias durante el tiempo de convivencia y para dejar recomendaciones para la nueva situación que enfrentará el grupo por la ausencia de quien se despide.
Jesús hace algo similar con los discípulos y les recuerda cómo durante el tiempo que compartió con ellos les mostró la vida que Dios quiere para el ser humano y cómo ellos pueden seguir participando de esta vida en unión con Él. La separación es la ocasión para que los discípulos fortalezcan la fe en quien les ha manifestado al Padre.
En el evangelio de este domingo (Juan 14, 1-12) tenemos el inicio del discurso de despedida de Jesús, en estos versículos, después de la invitación a no dejar la fe, Jesús propone dos temas principales: la casa del Padre y el camino hacia aquella casa.
Jesús inicia su despedida anunciando una separación momentánea: «Cuando vaya y les prepare el lugar, volveré y los llevaré conmigo».
Primeramente, Jesús habla de irse para retornar: ‘volveré’. Este verbo conjugado en tiempo futuro puede que nos haga pensar en la venida de Jesús al final de la historia, ‘revestido de poder y de gloria’. Sin embargo, la vida de la Iglesia nos lleva a comprender aquí una referencia a la presencia actual de Jesús en la comunidad.
El Resucitado está viniendo constantemente a su Iglesia, a lo largo de este discurso de despedida Jesús afirma que al regresar Él al Padre se convertirá en el intercesor de los discípulos.
Paradójicamente, Jesús regresa a una situación que nunca ha dejado: estar al lado del Padre, pero por su glorificación –retorno al Padre– Jesús entra en una comunión profunda con los discípulos y así los habilita para que ellos hagan las obras que hace Él y aún mayores. Por la Pascua de Jesús, los discípulos entramos a participar de la comunión profunda que hay entre Él y el Padre.
Hay una segunda propuesta en el evangelio de este domingo que quisiéramos destacar: el camino hacia la casa del Padre, hacia la comunión íntima con Él. La tradición bíblica recurre a la imagen del camino al hablar de la orientación de la existencia. En el texto que nos ocupa este camino consiste en acoger la revelación de la Palabra hecha carne: la persona, la historia y el Evangelio de Jesús. El camino para la casa del Padre consiste en creer en Jesús.
Los discípulos han comenzado a avanzar por este camino a través de la convivencia con Jesús: «Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto». Aquí ‘ver’ no se refiere a una percepción óptica, en este caso ver es sinónimo de ser enseñado (iluminado), de modo que seguir a Jesús es ‘ser enseñado por Dios’, recibir las enseñanzas del Padre.
La intervención de Tomás –«No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?»– diferencia la casa y el camino y con ello pone en evidencia la dificultad que tenemos los discípulos para seguir a Jesús como revelador del Padre cuando dejamos de valorar nuestra experiencia cristiana como manifestación de la presencia de Dios en nosotros salvándonos. Él es quien nos hace creyentes.

