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#Evangelio - La fuerza es signo de debilidad y de miedo (17 de julio)

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En el evangelio de la misa el domingo pasado iniciamos la lectura del sermón en parábolas del relato según san Mateo. En el texto que leímos hace ocho días se nos…

En el texto del relato de Mateo que continuamos leyendo este domingo (Mateo 13, 24-43) encontramos la narración de tres historias o parábolas; cada una de ellas la introduce Jesús proponiéndola como comparación para dar a conocer el Reino. Por su parte, cada historia refiere el desarrollo de una acción: se parte de una situación inicial para llegar a un estado diferente. En las parábolas el Reino se presenta como un proyecto que se está desarrollando en la historia, de ahí que las parábolas nos impulsan a acoger la salvación en la historia personal y comunitaria.

Cuando Jesús acude a estas comparaciones para explicarnos la manera como Dios está llevando a cabo en el mundo el proyecto de salvación, al mismo tiempo nos está trasmitiendo la forma como Él mismo percibe su actuar en medio de nosotros.

En este sentido las parábolas nos desentrañan la acción evangelizadora de Jesús al tiempo que nos esclarecen las condiciones para acoger el misterio que solo les es dado conocer a los discípulos. Por eso en estas comparaciones hemos de reconocer la manera como se continúa hoy la misión de Jesús por medio de la Iglesia. Desde esta perspectiva asomémonos a las tres parábolas del evangelio de la misa de hoy.

La historia de la semilla buena y la mala hierba ‒trigo y cizaña‒ se construye a partir de cuatro elementos: la siembra, la buena semilla, el campo y la mala hierba; en nuestro interés por descubrir en ello la misión de Jesús –y de la Iglesia– bien podemos entender respectivamente la misión (siembra), el Reino (buena semilla), el mundo (campo) y la resistencia al proyecto del Reino (mala hierba).

El momento crítico de la historia surge con la inesperada respuesta del patrón a la propuesta de los trabajadores para eliminar la mala hierba: «Déjenlos crecer juntos hasta la siega». Hoy nosotros, formados en una situación de ‘cristiandad’, muchas veces pensamos en el Reino como la fuerza absoluta y soberana de Dios imponiéndose sobre los que piensan diferente, persiguiendo hasta el último rincón a los que consideramos pecadores para crear una comunidad pura de santos.

Hoy en día no podemos considerar el Reino como lo totalmente diferente al mundo, pues la misión de Jesús –y de la Iglesia– consiste en hacer presente el Reino precisamente transformando el mundo.

Las otras parábolas que vienen a continuación, la semilla de mostaza y la levadura, revelan la manera como Jesús entiende que se implanta el Reino en el mundo para transformarlo. Hay que leer estas tres historias juntamente.

El desarrollo de una semilla minúscula de mostaza que se desarrolla hasta llegar a ser un árbol, a la vez que pone delante la desproporción entre un inicio casi imperceptible y un futuro incontrovertible, nos hace pensar que el Reino es algo que nosotros no podemos calcular o imaginar. De otra parte, la historia de la levadura que se oculta en la masa y realiza un trabajo sin parar a fin de fermentarlo todo nos lleva a comprender el dinamismo del Reino.

En las dos breves parábolas, el trabajo de un hombre sembrando una semilla pequeña y el de una mujer escondiendo fermento (o levadura) reconocemos junto con el dinamismo del proyecto de Dios, la misión, primero de Jesús y luego de la Iglesia, de hacer presente el Reino en el mundo.