En los textos del evangelio de la misa de estas últimas semanas de Pascua Jesús viene animando la esperanza de los discípulos sobre la certeza de continuar unido a ellos cuando Él regrese al Padre, para ello el mismo Maestro viene afirmando también que el Espíritu que el Padre envía es el garante y el autor de esta comunión.
En el evangelio de la misa de hoy escuchamos la conclusión del relato de san Mateo, (Mateo 28, 16-20) en estos versículos tenemos la última recomendación de Jesús a los discípulos. En estas palabras de despedida Jesús revela, en primer lugar, que la crucifixión lo ha hecho entrar en el ámbito de lo divino: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra», y es precisamente desde esta condición que el Resucitado envía a los discípulos a una misión que tiene alcance universal.
La misión consiste en ‘hacer discípulos’, «hagan discípulos a todos los pueblos». Aquí el texto destaca la vocación de discípulo, es decir, llamado para un permanente y continuo aprendizaje, un llamado para estar siempre en camino tras el Maestro. Ello se ratifica con la manera de realizar la misión: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado».
En el caso del bautismo hemos de pensar en una consagración, es decir, pasar a ser ‘propiedad’ o pertenencia de la Trinidad. Mediante el rito del bautismo se declara que aquella persona queda consagrada al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y la predicación de los enviados como misioneros no se refiere a una doctrina sino a participar de una experiencia de comunión, la misma que Jesús vivió con los primeros discípulos. Los misioneros invitarán a personas de todos los pueblos a practicar lo que Jesús mandó, esto es, a vivir el sentido descubierto en el sermón de la montaña y ratificado por la Resurrección.

