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#Evangelio - La misión de Jesús y la misión de la Iglesia (24 de mayo)

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A la alegría que nos viene invitando la celebración de estos días de Pascua, el misterio de la Ascensión del Señor que celebramos este domingo viene a sumar un motivo…

En los textos del evangelio de la misa de estas últimas semanas de Pascua Jesús viene animando la esperanza de los discípulos sobre la certeza de continuar unido a ellos cuando Él regrese al Padre, para ello el mismo Maestro viene afirmando también que el Espíritu que el Padre envía es el garante y el autor de esta comunión.

En el evangelio de la misa de hoy escuchamos la conclusión del relato de san Mateo, (Mateo 28, 16-20) en estos versículos tenemos la última recomendación de Jesús a los discípulos. En estas palabras de despedida Jesús revela, en primer lugar, que la crucifixión lo ha hecho entrar en el ámbito de lo divino: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra», y es precisamente desde esta condición que el Resucitado envía a los discípulos a una misión que tiene alcance universal.

La misión consiste en ‘hacer discípulos’, «hagan discípulos a todos los pueblos». Aquí el texto destaca la vocación de discípulo, es decir, llamado para un permanente y continuo aprendizaje, un llamado para estar siempre en camino tras el Maestro. Ello se ratifica con la manera de realizar la misión: «bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado».

En el caso del bautismo hemos de pensar en una consagración, es decir, pasar a ser ‘propiedad’ o pertenencia de la Trinidad. Mediante el rito del bautismo se declara que aquella persona queda consagrada al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Y la predicación de los enviados como misioneros no se refiere a una doctrina sino a participar de una experiencia de comunión, la misma que Jesús vivió con los primeros discípulos. Los misioneros invitarán a personas de todos los pueblos a practicar lo que Jesús mandó, esto es, a vivir el sentido descubierto en el sermón de la montaña y ratificado por la Resurrección.