Las apariciones del Resucitado que leemos en el evangelio de la misa de hoy (Juan 20, 19-31) nos llevar a reconocer la presencia de Jesús en medio de la comunidad cristiana por la celebración dominical y a través de la sagrada Escritura.
1. La presencia misteriosa del Resucitado
El evangelio de la misa de este domingo refiere dos veces la manifestación del Resucitado en medio de los discípulos reunidos. Además, el texto expresa que los discípulos se reúnen el mismo día de la resurrección, el primer día de la semana, y que esta reunión comienza a darse semanalmente: «A los ocho días, estaban otra vez los discípulos».
En el contexto de esta reunión se realiza la presencia ‘misteriosa’ del Resucitado; en cada una de las ocasiones se repite que «estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas, cuando se presentó Jesús». Entendemos estas frases para hablar de una presencia ‘misteriosa’ del Resucitado, ‘misteriosa’ en el sentido que no tendría explicación empírica.
El Resucitado se manifiesta en medio de los suyos para hacer presente el Reino. Con la expresión «¡Les traigo la paz!», aquí Jesús, más que saludar, está manifestando a los suyos la posibilidad de participar de la realidad transformada por su victoria pascual. Es preciso recordar que el término ‘paz’ es la versión castellana del hebreo ‘shalom’. En hebreo shalom sintetiza las características del Reino de Dios.
2. Ahora, leer para creer
Pero también el evangelio de este domingo nos impulsa a valorar la presencia de Cristo en la Escritura. El reclamo de Tomás, «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos…», es ocasión para hacer el paso de la comunidad de los ‘testigos oculares’ hacia la comunidad de los que «creen sin haber visto».
A lo largo de la primera parte del relato de Juan (capítulos 1-12) se insiste en la necesidad de ver los signos (obras prodigiosas) que realiza Jesús para llegar a constituirse uno en discípulo; después del ‘signo del pan repartido en abundancia’, Jesús reprocha a los judíos: «Ustedes me buscan no porque han visto signos, sino porque comieron pan hasta saciarse» (Juan 6, 26); el domingo pasado leímos que después de Pedro, «entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó». De manera que es necesario ‘ver para creer’.
Ahora Tomás, que ha aprendido que sin ver signos no se puede llegar a creer, manifiesta a los compañeros él tiene que ver para llegar a ser discípulo.
En la conclusión del evangelio el narrador llama la atención sobre la intencionalidad de su escrito, para los que no tuvieren la posibilidad de un encuentro sensorial (visual, auditivo) con el Señor: «Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos están escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre».

