Pasar al contenido principal

#Evangelio - La promesa del envío del Paráclito (17 de mayo)

https://arquimedia.s3.amazonaws.com/28/evangelio-dominical/170520-01png.png

Prácticamente estamos terminando las semanas del tiempo pascual, desde el domingo anterior estamos leyendo en el evangelio de la misa el discurso de despedida de Jesús,…

Ante la proximidad de su partida, Jesús recuerda la formación de los discípulos durante el tiempo de convivencia y revela cómo, una vez Él regrese al Padre, continuará la vida del discípulo y de la comunidad.

En el evangelio de este domingo (Juan 14, 15-21) tenemos la continuación del texto que principiamos a leer hace ocho días, el cual concluía diciendo que el discípulo de Jesús, por acogerlo a Él, hará en el mundo las obras que realizaba el Maestro; en los versículos que leemos hoy, Jesús pasa a hablar de la comunión de los discípulos con Él, una vez regrese al Padre.

El texto está enmarcado por dos frases similares que concretizan y señalan el amor del discípulo a Jesús como la orientación de la vida según el Evangelio: «El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama».

En medio de este marco se contienen dos revelaciones de Jesús de cara a la existencia de los discípulos después de la partida del Maestro. La primera revelación es la promesa del Paráclito, la segunda, la comunión de Jesús con el discípulo.

Referente a la primera, Jesús afirma que, al regresar al Padre, le dirá que envíe otro Paráclito a los discípulos. El término ‘paráclito’ es explicado en el mismo texto, el Paráclito es enviado por el Padre ‘para que esté siempre con ustedes’. Quizá porque en 1Juan 2,1 el autor dice que Jesús es paráclito, el evangelio de hoy afirma que el Padre enviará ‘otro’, con la indicación de que ‘estará siempre’, mientras que Jesús deja a los discípulos para regresar al Padre.

El Paráclito es el «Espíritu de la verdad»; en el evangelio según san Juan, la verdad es la revelación que hace Jesús; la verdad son las palabras de Jesús, su Evangelio que hace libre al ser humano (véase Juan 8, 31-32). De ahí que el Espíritu solo puede ser recibido por quien es discípulo de Jesús, es decir, por quien, movido por el amor a Jesús, ha decidido orientar su existencia según el Evangelio. Quienes viven según los criterios del mundo no pueden recibirlo porque, al igual que la revelación de Jesús, el Espíritu es don del Padre.

La segunda revelación enmarcada por el amor como obediencia en la fe consiste en la venida del Hijo y la comunión profunda con el discípulo. Jesús se refiere a su retorno con una frase muy recurrente en los profetas del Antiguo Testamento cuando se refieren al juicio (véase Isaías 25, 9; Jeremías 30, 7; etc.): «Ese día». Pensamos que en este discurso de despedida la venida de Jesús es un acontecimiento que comenzó a ser realidad a partir de su resurrección, de modo que el fruto de la Pascua es la presencia de Jesús en quien lo acoge por la fe, en quien le presta la obediencia de la fe al Evangelio.

Quien ama a Jesús, orienta su existencia según el Evangelio, es decir, se hace discípulo suyo, y este discípulo, por la obediencia al Evangelio, está unido a Jesús y, por él, al Padre: «El que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».