Dentro de la secuencia del leccionario, «estas cosas» reveladas a los pequeños se refieren al efecto de la presencia de los discípulos en medio del mundo.
El texto del evangelio de la misa de este domingo (Mateo 11, 25-30) tiene tres partes, en la primera tenemos una alabanza de Jesús al Padre, en la segunda Jesús nos dice cómo y dónde acontece la revelación y en la tercera nos invita a asumir su enseñanza.
La expresión de júbilo de Jesús en la primera parte se inicia reuniendo dos apreciaciones sobre Dios: Padre y Señor del cielo y de la tierra. Esta presentación nos lleva a fundar en la ternura y amor la soberanía de Dios sobre la historia. El proyecto del Reino es manifestación de la soberanía del amor del Padre.
Este plan que nace del amor gratuito del Padre requiere de la aceptación de cada uno, el don de la gracia no es excluyente, por ser gracia requiere también del ‘agradecimiento’, es decir, de la aceptación y acogida libre y generosa. Aquel que se siente necesitado del don de la gracia forma parte de los ‘pequeños’. El caso contrario es el de quienes pretenden modelar el don de Dios según sus intereses, estos son ‘los sabios y entendidos’ que pretenden conducir la liberalidad de la gratuidad del don. La salvación de los pequeños depende de la voluntad amorosa del Padre.
En la segunda parte del evangelio de hoy, Jesús expresa dónde y cómo acontece la revelación. ‘Estas cosas’, que se mencionan en la alabanza de la primera parte, en la segunda parte pasan a ser ‘todo’: «Todo me ha sido entregado por mi Padre».
Al expresar dónde acontece la revelación de ‘estas cosas’ Jesús afirma: «Nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». En la Biblia conocer implica una experiencia de comunión íntima.
En el texto del evangelio Jesús testimonia una relación de comunión profunda entre Él y el Padre, de manera que no nos es posible ‘conocer’ a Dios al margen de Jesús, ni nos es posible ‘conocer’ a Jesús sin Dios. Este ‘conocer’ implica una experiencia de comunión íntima, de manera que la revelación, más que teorías o conceptos sobre Dios, consiste en el acontecimiento de la manifestación de su amor en la experiencia de cada ser humano.
Cuando Jesús, en la tercera parte del evangelio, nos invita a aprender de Él, nos está convidando a participar de la misma comunión que mantiene con el Padre. Al justificar por qué hemos de aprender de Él, manifiesta que por ser «paciente y humilde de corazón».
Paciencia y humildad de corazón no son un reclamo a la pasividad o a la aceptación indiferente de la historia. Si atendemos al estilo de vida de Jesús, en Él descubrimos una permanente búsqueda de la voluntad del Padre y su entrega plena a realizarla; esta actitud de búsqueda y cumplimiento de la voluntad del Padre lo condujo a posponerse, por amor, en favor de los demás.

