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Jesús se expone por nosotros

Dos mensaje podemos recoger del evangelio de este domingo: 1. Jesús es un pastor de calidad que conoce a sus ovejas y 2. Jesús expone su vida para que nosotros tengamos vida.

La primera parte del evangelio de la misa de hoy se abre con unas palabras de Jesús que nos llevan a pensar en el cumplimiento de las promesas de los profetas del Antiguo Testamento que anunciaban un pastor según el corazón de Dios: «Yo soy el Buen Pastor».

En esta frase, el adjetivo ‘bueno’ es la traducción del griego ‘kalos’, lo que nos lleva a pensar en ‘bueno’ en el sentido de calidad más que de piedad o apacibilidad.

Esta calidad del pastor se presenta en el evangelio de hoy contrastada con la situación de un pastor mercenario; el pastor mercenario no tiene relación personal con las ovejas y como no siente que son suyas, cuando ve algún peligro que las amenaza, huye abandonándolas.

Por el contrario, el pastor de calidad conoce a sus ovejas. Entonces Jesús pasa a explicar este conocimiento como la experiencia del Padre conociéndolo a él.

En el evangelio según San Juan esta secuencia (el Padre – Jesús – los discípulos) aparece varias veces: «Como el Padre me ama, así los he amado yo», «Como el Padre me envío, así lo envío yo». En el texto de este domingo, «Como el Padre me conoce (…) yo conozco mis ovejas». Este conocimiento o experiencia de comunión íntima que tiene su origen en el Padre, de quien procede todo bien (1Corintios 8, 6), es del que quiere Jesús que participen sus discípulos.

En la segunda parte del evangelio Jesús esclarece cómo esta voluntad salvífica del Padre se realiza en la historia de la humanidad.

El Padre le ha dado poder a Jesús para ofrecer la vida por los discípulos, ofrecer la vida en el sentido de exponerse, de arriesgar la vida para que los discípulos participen de la comunión íntima de vida con Dios.

Esta afirmación nos hace pensar en la encarnación en el sentido del himno de la carta a los filipenses, que leímos el Domingo de Ramos: «Cristo, siendo de condición divina, no se aferró a su igualdad con Dios; al contrario, se anonadó a sí mismo y tomó la condición de esclavo…» (Filipenses 2, 6).

Exponiéndose por sus ovejas –asumiendo la realidad de la encarnación, viviendo una existencia como la nuestra– Jesús ejerce el poder que le dio el Padre para dar vida al rebaño. Por el misterio de la encarnación nos es posible a todos nosotros entrar en comunión con el Verbo hecho carne, precisamente a partir de lo humano que hay en cada uno de nosotros.