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La cuchara de peltre

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¿Alguna vez han visto a ricos pobres y a pobres ricos?

En estos días, hablando con alguien, comentamos que hay gente adinerada que pueden “vivir tranquilamente”

pero no son felices. Una “prodiga” cuenta bancaria, “reconocimiento”, fama y salir en la sección de sociales no son suficientes para que alguien pueda sentirse realmente pleno como ser humano.

El dinero, y los bienes materiales, son un medio que muchos convierten en un fin, en el centro de sus vidas perdiendo el horizonte. Alguna vez escuché que de nada vale tener una fortuna sino se tiene con quien compartirla, simplemente no se puede abrazar una fría moneda y nunca nos hará sentir que somos importantes para alguien (diferente al Gerente del Banco, claro esta).

Lo que si cuenta es lo que podemos hacer nosotros con lo poco o mucho que tengamos, basta algo de voluntad para ser más valiosos como personas. Cada quien vale realmente por lo que hace, por su forma de pensar, por la manera en que dice las cosas, pero no olvidemos que lo material puede corromper nuestro sello auténtico y dejarnos paupérrimos en el momento mismo en que vendemos el alma sin saberlo. (De por sí ponerle un precio es ya ofensivo)

Ya lo dije, muchos tenemos la pésima costumbre de convertir los medios en fines y perdemos la visión de las cosas.

Quiero compartir la siguiente historia, sin duda alguna muchos de nosotros hemos sido a veces como el mendigo o la señora del relato. Vemos claramente que tenemos la impresionante capacidad de darle un valor desproporcionado a cosas que en realidad no valen la pena. Espero que reflexionemos sobre esto:

«Había un comedor -no lo puedo llamar público, porque necesitaban una tarjeta para ir a comer allí- que dirigía una persona muy santa, que ya ha muerto. Y aquella pobre persona quería ayudar a muchos y no llegaba. Y les daba una especie de cocido. Venían con tarjeta y se hacía una gran labor, porque mataban el hambre. Era gente que no tenía nada.

Pero siempre sobraba algo, y había otros que esperaban en una habitación para que les dieran las sobras; traía cada uno un cacharro -una lata, un plato desportillado, lo que podían- y sólo uno llevaba cuchara. Y sacaba de un chaquetón susísimo, de lo profundo de uno de los bolsillos, una cuchara de peltre toda abollada, la miraba -como diciendo: esto es mío, y los demás, que no tenéis cuchara, os fastidiáis- y comía sus garbancitos saboreándolos; miraba, al final, su cuchara, le daba dos lengüetazos y volvía a guardar el tesoro. Este, en su miseria, era rico, apegado como estaba a esa cuchara de peltre. Era un pobre de pedir limosna, pero ante los demás era rico.

Y conocí a una Grande de España -puedo hablar de ella porque ya ha muerto y está en el Cielo desde hace muchos años que tenía una generosidad inmensa: vivía entre muebles ricos y tapices; en ella gastaba menos que en la última persona de su servicio, y era manirrota. Todo lo daba para los que no tenían. Esta era pobre»

 

 

 

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