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La fe como don de Dios para acoger la salvación

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El sentido de la fe nos invita a descubrir que Jesús nos lleva a participar del plan de Dios para toda la humanidad: «Dios no ha hecho la muerte ni se complace…

En el evangelio de este domingo (Marcos 5, 21-43) leemos el final de una serie de milagros de Jesús que nos relata Marcos: la tempestad calmada, la liberación de un endemoniado, la sanación de una mujer y la reanimación de una niña muerta. Con esta serie Marcos expone el poder de Jesús sobre la naturaleza, sobre el demonio, sobre la enfermedad y sobre la muerte.

En la narración del evangelio de hoy se mezclan dos relatos. En un primer relato se manifiesta que Jesús tiene poder para sanar, pero como si no fuera suficiente, este relato ha sido insertado dentro de la narración del episodio de reanimación de una niña que ha muerto.

Al insertar dentro de la narración de la reanimación de la niña muerta el relato de la sanación de la mujer el evangelista nos quiere llevar a comprender que Jesús tiene poder para liberar al ser humano hasta en la situación extrema donde lo puede llevar el diablo.

El proyecto de Dios para el ser humano está amenazado por el diablo. Desde esta situación que nos recuerda la primera lectura, miremos en primer lugar el relato de la sanación de la mujer. Los relatos de curación se abren con la descripción calamitosa del enfermo; en el caso presente esta situación de sufrimiento se describe con tres verbos: padecer (flujos de sangre), gastar (su fortuna), empeorar (su situación).

En el relato planea la idea de lo mágico, así que la mujer piensa que con solo tocar el manto de Jesús será curada; de otra parte, Jesús nota que de Él ha salido una fuerza, pero la intención de la narración es llevarnos a un sentido propiamente cristiano de la fe. Se parte de un convencimiento personal para llegar a un encuentro personal que facilita la recepción agradecida de una gracia.

Marcos nos pone ante una mujer en una situación de impureza continua y por ello marginada de la vida cultual y comunitaria (véase Levítico 15, 19-27). Esta mujer oyó acerca de Jesús y de su poder liberador y esto despertó en ella la fe que comienza por asumir la certeza de que el poder liberador de Jesús es mayor que la posibilidad de que ella pueda contaminarlo con su impureza.

Jesús, al sentir que de Él ha salido una fuerza, busca con su mirada tratando de ver quién lo ha tocado; la búsqueda persistente de Jesús hace consciente a la mujer de que ha sucedido algo más allá de lo íntimo o del orden de lo mágico, entonces se descubre ante Jesús para confesarle toda la verdad. La fe prepara al ser humano para recibir el don de Dios y a su vez esta recepción permite al hombre entender la verdad de su historia personal.

Esta profundización en el sentido de la fe cristiana tiene un segundo momento: la reanimación del cadáver de la hija de Jairo. La petición inicial de Jairo se expresó con dos verbos, sanar y vivir: «Impón las manos sobre ella para que se cure y viva»; la noticia última llegada de la casa del jefe de la sinagoga manifiesta que ya no es posible la curación y por lo tanto es inútil pensar en la vida. La respuesta de Jesús en primer lugar es una llamada a la fe.

Ya en la casa de Jairo Jesús se encuentra con una escena funeraria, el alboroto de los que lloraban y se lamentaban a gritos es la expresión del fracaso de la vida. Ante estas expresiones, Jesús manifiesta que la muerte es un sueño del que se puede ser despertado; esta revelación de la victoria sobre la muerte causa burlas entre los oyentes. Ahora Jesús se aleja de quienes ven en la muerte algo irremediable.

Jesús deja de lado a los del bando de la muerte y solo permite que lo acompañen los padres de la niña y los tres discípulos predilectos. Entonces encara directamente la realidad de la muerte y da una orden: «Niña, levántate». Pero más que en la reanimación de un cadáver, el sentido de la fe nos invita a descubrir que Jesús nos lleva a participar del plan de Dios para toda la humanidad: «Dios no ha hecho la muerte ni se complace destruyendo a los vivos».