La solemnidad de la Santísima Trinidad en este domingo es ocasión propicia para comprender la salvación como el proyecto que tiene origen en el amor del Padre del cielo y que se realiza en la historia del mundo por el envío del Hijo y el envío del Espíritu Santo. Así lo propone la oración colecta: «Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la Santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio».
Aquí el término ‘misterio’, más que enigma indescifrable, hace referencia a lo que San Pablo presenta en sus cartas como el plan o designio de Dios que estaba escondido, que nadie lo conocía, pero que precisamente Jesucristo lo ha revelado y lo ha realizado con su tránsito pascual de la muerte a la vida (véase Efesios 1, 9-13; Colosenses 1, 24-26).
Este proyecto de Dios Padre, como lo comprendemos desde la oración colecta, se viene cumpliendo en el mundo por el envío del Hijo y el envío del Espíritu Santo. El Hijo enviado se encarnó y nació de María Virgen, y con su vida, con sus palabras, con su forma de relacionarse con las personas y con las instituciones nos descubrió este plan secreto –misterio– de Dios Padre. Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, nos revela el sentido de la existencia del ser humano. Dicho de otra manera, Jesucristo, en todo lo que nos cuenta el Evangelio, nos revela algo fundamental: en qué consiste la vida del ser humano en el proyecto de Dios.
El domingo anterior, solemnidad de Pentecostés, tuvimos la oportunidad de contemplar el envío y la misión del Espíritu Santo para el cumplimiento del proyecto de Dios en la historia del mundo, este envío y misión lo entendíamos como la labor del pedagogo, aquél que nos conduce hasta el Maestro. Así llegamos a comprender que la salvación es proyecto de Dios que ha comenzado a realizarse en cada uno de nosotros desde el preciso momento de nuestra concepción, pues hemos sido llamados a la existencia por puro amor de Dios y Él ha continuado realizando en nuestra historia personal su proyecto por el envío del Hijo que nos lo revela y por el envío del Espíritu Santo que nos lleva a participar de él.
La escena del evangelio de la Misa de este domingo (Mateo 28, 16-20) manifiesta que la misión del Hijo de Dios y la misión del Espíritu Santo para realizar el plan que se mantenía escondido –misterio– se realiza hoy a través de la Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús que son enviados para recrear en todos los pueblos de la tierra la experiencia de comunión de Jesucristo con los hombres.
Esta experiencia de comunión implica llegar a ser discípulos por la consagración al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo que realiza el bautismo y por la participación en la comunión de los hombres con el Hijo de Dios hecho hombre asumiendo el estilo de vida de Jesús.

