MONICIÓN DE ENTRADA
Nos reunimos en el nombre del Señor un domingo más para celebrar la Eucaristía; Nos reunimos porque Dios mismo nos convoca y conduce nuestros pasos hacia él.
Estamos aquí también porque queremos reafirmar nuestra fe en Cristo Jesús el Mesías, el Hijo de Dios vivo.
MONICIÓN PRIMERA LECTURA: Isaías 56,1.6-7
A los extranjeros los traeré a mi monte santo
La página inicial de la tercera parte del libro del profeta Isaías ofrece una visión profundamente universalista. Los extranjeros son invitados a formar parte de la comunidad del pueblo de Dios. Presten mucha atención a este texto que vamos a escuchar porque expresa qué es lo que Dios espera del hombre que tiene que estar al frente de su pueblo.
Lectura del libro de Isaías
Esto dice el Señor:
«Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar.
A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».
Palabra de Dios.
SALMO RESPONSORIAL
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
y gobiernas las naciones de la tierra.
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra.
Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.
MONICIÓN SEGUNDA LECTURA: De la Carta de San Pablo a los Romanos 11,13-15.29-32
Dones y llamada irrevocables de Dios
San Pablo, en su carta a los romanos, se dirige a los cristianos de origen pagano y se presenta a sí mismo como apóstol de los paganos, pero precisamente para decirle que no se desentiende de la tarea misionera entre los judíos y desea ardientemente que éstos acepten el Evangelio de Jesús.
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos
Hermanos:
A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos.
Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida?
Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.
En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.
Palabra de Dios.
MONICIÓN AL EVANGELIO: Mateo 15,21-28
Mujer, ¡qué grande es tu fe!
¿Cuáles son las condiciones para pertenecer al nuevo pueblo de Dios? Tal pertenencia, viene a decirnos san Mateo en el pasaje evangélico de hoy, no se basa en la sangre o la raza, la nación o la cultura, el sexo o la situación social, sino que la única condición requerida y que no resulta discriminatoria, es la fe en Cristo Redentor, Hijo de Dios.
Lectura del santo evangelio según san Mateo
En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor.
HOMILÍA
Érase un anciano que, todas las noches, caminaba por las calles oscuras de la ciudad con una lámpara de aceite en la mano.
Una noche se encontró con un amigo que le preguntó: ¿qué haces tú, siendo ciego, con una lámpara en la mano?
El ciego le respondió: “Yo no llevo una lámpara para ver. Yo conozco la oscuridad de las calles de memoria. Llevo la luz para que otros encuentren su camino cuando me vean a mí”...
¡Qué hermoso sería si todos ilumináramos los caminos de los demás! Llevar luz y no oscuridad.
Luz...demos luz.
De la historia de Pedro, ciego y náufrago en la tormenta del domingo pasado a la historia de hoy, de la mujer cananea, invisible y marginada.
Del grito de Pedro: “Señor, sálvame” al grito de la mujer extranjera: “Señor, socórreme”.
De la respuesta de Jesús a Pedro: “Hombre de poca fe, ¿por qué vacilaste?” a la respuesta de hoy: “Mujer, qué grande es tu fe”.
Y en medio de la ciega tormenta está Jesús salvando a Pedro náufrago y en medio de esta mujer y su hija atormentada por un demonio está Jesús y le dice: “Mujer, que se cumpla tu deseo”.
Y en medio de nosotros en este domingo está también Jesús que viene a traernos la luz y la salvación.
¿Cómo nos sentimos nosotros hoy? ¿Como hijos de Dios, como miembros de la Iglesia o como perritos que comen las migajas que caen de la mesa?
La mujer cananea no fue saludada, no le dieron un aplauso de bienvenida como hacemos nosotros, era gentil, extranjera, y como a un perro había que despacharla porque con sus ladridos asustaban a todos y Jesús tampoco le hizo mucho caso.
Pudo más la fe y la insistencia de la mujer que todos los rechazos.
Pudo más su perseverancia y atrevimiento que las palabras de los discípulos y la frialdad de Jesús.
Siempre puede más la fe que la duda, la insistencia que el cansancio.
En el corazón de Dios, en la Iglesia de Jesús, cabemos todos. Todos llamados a ser injertados en el árbol de la vida, a pertenecer y a heredar el Reino. Todos somos ovejas perdidas de Israel.
La mujer cananea y su hija atormentada por un demonio son símbolo de todos nosotros.
Ellas se alimentaban con las migajas que caían de la mesa de sus patronos. Pero querían participar de la mesa como hijos, querían sentirse amados por Jesús, querían gozar de la fiesta que Jesús traía. Y la fe y la perseverancia abrieron de par en par las puertas del corazón de Jesús.
Muchos hermanos nuestros y nosotros también vivimos de las migajas de la iglesia: una oración rutinaria, una misa más penitencia que gozo, unos miedos, una vida cristiana tibia y otros un vago recuerdo de su bautismo...migajas en nuestro plato cristiano.
La mujer cananea no se contentó con las migajas que caían de la mesa, quiso el pan entero, el amor entero, la sanación entera, la vida entera, la pertenencia entera.
¿Por qué contentarnos con un poco cuando lo podemos tener todo?
¿Por qué considerarnos extranjeros cuando somos hijos?
¿Por qué no invitamos a tantos hermanos alejados que comen las migajas de los celos, del alcohol, de la droga, de la infidelidad a ser miembros de la Iglesia de Jesús?
Nuestra responsabilidad no es de apartar a nadie que busca sinceramente al Señor, los apóstoles aquel día hicieron de espantapájaros, sino de acercarlos con amor hasta la fuente del perdón y de la salvación.
En Internet hay una lista de las personas más odiadas del mundo. No le resultaría difícil poner algunos nombres: Adolfo, Osama, Sadam...
Suscitan en nosotros emociones demasiado fuertes como para pensar en ofrecerles nuestro perdón.
¿Guarda usted una lista de las personas que le han ofendido? Si la tiene el reto del perdón es más grande, pero la exigencia de perdonar no por eso es menor.
¿Tiene Jesús una lista? Él no tiene ninguna lista de personas odiadas. Su lista es la del amor a todos, incluido usted.
ORACIÓN UNIVERSAL
A cada petición contestaremos:
“Señor, concédenos lo que con fe te pedimos”
- Para que siempre estemos abiertos a realizar acciones de solidaridad sin hacer diferencias de personas. Oremos...
- Para que sepamos mostrarnos compasivos y misericordiosos con todas aquellas personas que sufren enfermedad o pobreza. Oremos...
- Por todas las personas que están comprometidas con la misión evangelizadora para que sepan comprometerse con la causa de la justicia y velar por los derechos de los demás. Oremos...
- Para que de nuestros jóvenes surjan las vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal que necesitan la Iglesia y el mundo de hoy. Oremos...
EXHORTACIÓN FINAL
En verdad mereces toda alabanza, Dios de todos los pueblos,
porque tu amor al hombre no tiene fronteras de raza y color,
pueblo y lengua, cultura y sexo, clase social y nacionalidad.
Cristo Jesús abrió las puertas de tu reino a unos y otros,
y en la mesa eucarística de su cuerpo parte el pan para todos.
Ayúdanos, Señor, a hacer nosotros lo mismo para que
tu Iglesia aparezca como sacramento de unidad y salvación.
Haz, Señor, que nuestra comunidad se mantenga fiel
a la tarea de repartir tu pan a todos los pobres del mundo.
Y enséñanos a unir en nuestra vida de fe adulta y oración madura,
en diálogo fecundo de amor al servicio de tu reino.
Amén.
