
“El reino de los cielos se parece a...” (Mateo 13, 24-43)
A los católicos nos ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed de poder y el afán de imponernos a nuestros adversarios. Todavía, hoy todavía, hay cristianos-católicos que añoran un Iglesia poderosa que llene los templos, conquiste las calles y plazas e imponga su religión a la sociedad y el mundo entero. Pero es un error. No se trata de eso.
Tenemos que volver a leer y meditar tres pequeñas parábolas en las que Jesús deja claro que la tarea de sus discípulos no es construir una religión poderosa, sino ponernos al servicio del proyecto del reinado del Padre (reino de los cielos), sembrando pequeñas “semillas” de Evangelio e introduciéndolas en la sociedad como pequeño “fermento” de vida divina y más humana.
Una de las parábolas de hoy habla de un grano de mostaza que se siembra en la huerta. ¿Qué tiene de especial esta semilla? Tiene de especial que es la más pequeña de todas, pero, cuando crece, se convierte en un arbusto mayor que las hortalizas. El proyecto del Padre tiene unos comienzos muy humildes y simples, pero su fuerza transformadora no la podemos ahora ni imaginar.
La actividad de Jesús en Galilea sembrando palabras y gestos de amor y bondad no es nada grandioso y espectacular: ni en Roma (capital de todo un Imperio), ni en el Templo de Jerusalén (capital del Judaísmo) son conscientes de lo que está sucediendo. Y siglos después, el trabajo que realizamos hoy sus discípulos-misioneros es al parecer también insignificante: los centros de poder lo ignoran. Incluso, los mismos católicos podemos pensar que es inútil trabajar por un mundo mejor: el ser humano, nosotros, volvemos una y otra vez a cometer los mismos horrores de siempre. No somos capaces de captar el lento crecimiento del reinado de Dios, de su soberanía.
Otra de las parábola habla de una mujer que introduce un poco de levadura en una masa grande de harina. Sin que nadie sepa cómo, la levadura va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla enteramente. Así sucede con el proyecto de Dios, con su reinado. Una vez que su Amor es introducido en el mundo, va transformando calladamente, silenciosamente, la historia humana. Dios no actúa imponiéndose desde fuera, con gritos y espectacularmente. No. Dios que es Amor, Ama y humaniza el mundo atrayendo las conciencias de sus hijos hacia una vida más digna, justa y fraterna. Tenemos que confiar en Jesús. El reinado de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos... Hemos de colaborar con él siguiendo a Jesús.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán

