
“Bienaventurados... felices...”.
Todos experimentamos que la vida está saturada de problemas y dificultades que en cualquier momento nos pueden hacer sufrir. Pero, a pesar de todo, podemos decir que la felicidad es uno de los mejores indicadores para saber si nosotros, o cualquier persona, estamos acertando en el dificilísimo arte de vivir. Podríamos incluso afirmar que la verdadera felicidad no es sino la vida misma cuando está siendo vivida con equilibrio, armonía y plenitud.
Nuestro problema consiste en que la sociedad actual nos programa para buscar la felicidad por caminos equivocados que casi inevitablemente nos conducirán a vivir de manera desdichada.
Una de las instrucciones erróneas dice así: “Si no tienes éxito, no vales”. Para conseguir la aprobación de los demás e, incluso, la propia estima hay que triunfar. La persona así programada difícilmente será feliz o bienaventurada. Necesitará tener éxito en todas sus pequeñas o grandes actividades. Cuando fracase en algo, sufrirá. Fácilmente crecerá su agresividad contra la sociedad y contra la misma vida. Esa persona quedará, en gran parte, incapacitada para descubrir que ella vale por sí misma, por lo que es, aun antes de que se le añadan éxitos o logros personales.
Otra equivocación es ésta: “Si quieres tener éxito, has de valer más que los demás”. Hay que ser siempre más que los otros, sobresalir, dominar, ganar. La persona así programada está llamada a sufrir mucho. Vivirá siempre envidiando a los que han logrado más éxito, los que tienen mejor nivel de vida, los de posición más brillante. En su corazón crecerá fácilmente la insatisfacción, la frustración, la envidia oculta, el resentimiento. No sabrá disfrutar de lo que es y de lo que tiene. Vivirá siempre mirando de reojo a los demás. Así, no se puede ser feliz.
Las Bienaventuranzas de Jesús nos invitan a preguntarnos si tenemos la vida bien planteada o no, y nos comprometen a eliminar programaciones equivocadas. ¿Qué sucedería en mi vida si yo acertara a vivir con un corazón más sencillo, sin tanto afán de posesión, con más limpieza interior, más atento a los que sufren, con una confianza grande en un Dios que me ama de manera incondicional y absoluta? Por ahí va el programa de vida que nos trazan las Bienaventuranzas de Jesús. La felicidad no es un sistema que seguimos... es la búsqueda personal de lo divino en nuestro interior!
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco San Luis Beltrán

