
“La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del
Espíritu Santo estén siempre con todos ustedes” (2 Corintios 13, 11-13).
Después de Pentecostés continúan los Domingos del Tiempo Ordinario que habían empezado entre Navidad y Cuaresma. Ahora bien, el siguiente Domingo después de Pentecostés nuestra madre Iglesia celebra la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Para muchos, es una especulación teológica con la cual no se puede saber gran cosa. Pero en realidad en esta Solemnidad se trata de la celebración de nuestra comunidad con Dios. El misterio de la Santísima Trinidad nos quiere decir que el único Dios en sí es ya una comunidad, que en Dios se da una consumación o culminación de relaciones, un intercambio de Amor entre Padre-Hijo-Santo Espíritu, y que nosotros los humanos hemos sido incorporados en ese íntimo intercambio divino de Amor.
El Santo Espíritu, que presentimos en nosotros mismos, no es sólo un don que Dios nos regala, sino que es Dios mismo. Es el mismo Espíritu que une al Padre y al Hijo. Y el Hijo, que está en nosotros, es el Hijo del Padre. Y por Él tenemos una nueva relación con el Padre. El Único Dios, el Dios Uno y Trino, es ya una comunidad en sí-mismo, pero Él ha forzado, superándola, esta comunión y nos ha incorporado, nos ha unido, a ella. Así, en esta fiesta de hoy, Solemnidad de la Santa Trinidad celebramos nuestra comunión con Dios.
En nosotros está por lo tanto el Dios Uno y Trino en personas: Padre, Hijo y Santo Espíritu. Las relaciones en Dios se continúan en nosotros. Confesar la Trinidad de Dios es creer que Dios es un misterio de comunión y de amor.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada - Párroco San Luis Beltrán

