
“... camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz ”
(Juan 10, 1-10)
Nuestra vida se decide en ciertos momentos de lo cotidiano. Por lo general, no son los momentos extraordinarios y excepcionales los que marcan más nuestra existencia. Es más bien esa vida ordinaria de todos los días, con las mismas tareas y obligaciones, en contacto con las mismas personas, la que nos va configurando. En el fondo, somos lo que somos en cada momento de la vida cotidiana.
Esa vida no tiene muchas veces nada de apasionante. Está hecha de repetición, de hábitos y rutina. Pero es nuestra vida. Somos “seres cotidianos”. La cotidianidad es un rasgo esencial de la persona humana. Somos responsables de los momentos de esa vida aparentemente pequeña de cada día. Además, no recordamos días... recordamos momentos!
En esa vida de lo normal y ordinario podemos crecer como personas y podemos también echarnos a perder. En esa vida crece nuestra responsabilidad o aumenta nuestra desidia y abandono; cuidamos nuestra dignidad o nos perdemos en la mediocridad; nos inspira y alienta el amor o actuamos desde el egoísmo y la indiferencia; nos dejamos arrastrar por la superficialidad o enraizamos nuestra vida en lo esencial; se va disolviendo nuestra fe o se va reafirmando nuestra confianza en Dios. Mantenemos el equilibrio físico-psíquico-espiritual o literalmente nos desequilibramos... como seguramente lo podemos constatar en este largo tiempo de aislamiento obligatorio.
La vida cotidiana no es algo que hay que soportar para luego vivir no se qué. Es en los momentos de cada día donde se decide nuestra calidad humana y cristiana. Ahí se fortalece la autenticidad de nuestras decisiones; ahí se purifica nuestro amor a las personas; ahí se configura nuestra manera de pensar y de creer. El gran teólogo y sacerdote K. Rahner llega a decir que ”para el hombre interior y espiritual no hay mejor maestro que la vida cotidiana”.
Según san Juan, los seguidores de Jesús no caminamos por la vida solos y desamparados. Nos acompaña y defiende día a día el Buen Pastor, Jesús. Nosotros somos como aquellas ovejas que lo siguen, porque conocen su voz. Él nos conoce a cada uno y nos da Vida Eterna. Es Jesús quien ilumina, orienta y alienta nuestra vida día a día, momento a momento, hasta la Vida Eterna.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo Catedral Primada y Párroco en San Luis Beltrán

