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Mensaje del Sr. Cardenal Rubén Salazar Gómez, por la Semana de la Paz

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Muy queridos hermanos y amigos, fieles de la Arquidiócesis de Bogotá.

Hace ocho días, al inicio de la Semana por la Paz, les dirigí un mensaje invitándolos a considerar la construcción de la paz, a la que estamos todos llamados, a la luz de la misericordia, cuyo Año Jubilar estamos celebrando. Hoy, al cerrarse esta semana, los invito a que permanezcamos en una actitud profunda de artesanos de la paz sobre la base de la misericordia del Señor que nos invita a ser misericordiosos como Él, nuestro Padre, es misericordioso. En las tres parábolas que el Señor nos propone hoy para nuestra consideración encontramos algunos rasgos que nos permiten comprender mejor lo que el Señor quiere de nosotros.

En primer lugar, somos invitados a contemplar la actitud del pastor, de la dueña de casa, del padre, que salen a buscar lo que se les ha perdido “hasta que lo encuentran”. El pastor busca la oveja descarriada, la dueña de casa busca la moneda perdida, el padre sale al encuentro de su hijo, y cuando los encuentran hay una alegría inmensa, hay una gran fiesta. El Señor nos dice que así también nuestro Padre del cielo se alegra inmensamente con el “encuentro” de corazón con aquel que se había perdido. En esa alegría profunda se manifiesta la misericordia que, sin quedarse anclada en el pasado, sin mirar sólo lo que significó el daño causado, se abre con esperanza a una nueva relación de reencuentro, de reinserción en la vida familiar, de plena comunión.  Estamos llamados a tener en nuestro corazón la misma actitud de misericordia: hay que abrir los brazos para el reencuentro, hay que sentir la alegría inmensa del cambio de situación que permite tejer de nuevo los lazos de perdón, reconciliación, solidaridad.

En la parábola del padre misericordioso, sin embargo, se nos presenta una figura que también tenemos que tener en cuenta. Es la figura del “hijo mayor”, del que siempre ha permanecido en la casa, que no comprende la alegría del padre por el reencuentro con su hijo perdido y rechaza la actitud misericordiosa del padre con palabras duras, egoístas, con las que busca sólo imponer sus derechos, buscar sus propios intereses. Con frecuencia ésta también puede ser nuestra reacción frente a situaciones que exigen nuestro perdón para una verdadera reconciliación. No entendemos qué significa perdonar porque queremos sólo el castigo, rechazamos la reconciliación porque queremos mantener el rechazo que nos puede haber causado la situación vivida en el pasado, nos llenamos de temor frente a un cambio renovador porque perdemos nuestras seguridades. Pero el Padre del Cielo viene a nosotros a invitarnos a entrar en el banquete de fiesta, a recibir como hermano a aquel que ya habíamos excluido, a construir la fraternidad y la solidaridad en las relaciones como base de la paz.

¿Y el hijo que regresa? Vuelve a la casa del Padre, busca el perdón y la reconciliación, acepta el amor misericordioso que el Padre le brinda, entra en plena comunión, dejando definitivamente atrás los pecados y crímenes cometidos. Es la imagen de lo que tiene que ser nuestra actitud permanente de conversión.

En los momentos que vivimos en nuestra Patria, queridos hermanos, éstas son consideraciones necesarias. Es la Palabra de Dios la que debe iluminar nuestra tarea de ser artesanos de la paz, para construir juntos un país fraterno y solidario.  El Señor, Padre misericordioso, nos ilumine y fortalezca.