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Nuestra historia personal, el lugar donde germina el Reino

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En el evangelio de la misa del domingo pasado supimos de la presencia de un grupo de «escribas que habían bajado de Jerusalén» y que acusaban a Jesús de pacto con Satanás; esta hostilidad de los ‘inspectores’ lleva a Jesús a cambiar de estrategia hasta el punto que en su anuncio del Reino a las multitudes «todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado».

Las parábolas son un recurso que Jesús emplea para exponer la forma como el proyecto de Dios se va realizando en la historia del mundo y de las personas; según esto, las parábolas que buscan explicar el Reino, más que definiciones, lo que proponen son dinamismos, cambios, transformación. Desde esta perspectiva, vengamos a la primera de las parábolas de este domingo.

Esta parábola explica el dinamismo del Reino a partir de lo que aparece como ‘normal’ en el proceso de una semilla sembrada en la tierra, este desarrollo normal incluye la germinación, el crecimiento y, por último, la siega. Un hombre siembra para recoger una cosecha.

Es importante notar que en este proyecto el sembrador cuenta con la potencialidad de la tierra: «la tierra va produciendo fruto sola». La tierra, por sí misma, es el lugar donde germina la semilla y al final es en ella donde se da la cosecha.

Para comprender el dinamismo del Reino la historia de la parábola que comentamos nos lleva a considerar que Dios (sembrador) echa la semilla y deja que la historia (la vida del hombre) haga su trabajo esperando la maduración, para empuñar la hoz y recoger la cosecha. Desde esta perspectiva, la parábola es un reclamo a tomarnos en serio nuestra historia personal como el lugar donde se acoge, madura y se manifiesta el Reino de Dios.

La vida de todo hombre tiene que ser comprendida como ‘la tierra automática’ capacitada para que allí se manifieste el Reino, ya que al ser creado el ser humano a imagen y semejanza de Dios, Dios mismo ha dejado en cada uno la capacidad para acoger la gracia y dejarse transformar por ella. El Reino de Dios comienza a manifestarse en quien se toma en serio la propia existencia como obra de Dios.