Debido a las normas sobre la precedencia dentro del calendario litúrgico, la celebración de este domingo cede su lugar a la solemnidad del Nacimiento de San Juan Bautista. Según la narración del evangelio de san Lucas, a los seis meses del anuncio del nacimiento de Juan el Bautista, hijo de Zacarías e Isabel (Lucas 1, 13), el ángel anunció a la Virgen María el nacimiento de Jesús (Lucas 1, 26).
En el evangelio de esta celebración (Lucas 1, 57-66.80) reconocemos tres partes. La primera da cuenta del tiempo cumplido para el parto de Isabel, la segunda contrasta un hecho habitual con la novedad que representa la manera de llamar al neonato y la tercera es un breve resumen que prepara al lector para conectar la escena narrada y el ministerio propiamente de Juan el Bautista.
El evangelio de hoy se abre presentando el cumplimiento, no solo de un plazo temporal –los nueve meses del embarazo– sino fundamentalmente de la promesa divina a los ancianos Zacarías e Isabel (véase Lucas 1, 13-17). Esto nos lleva a comprender que el desarrollo de la historia humana es el cumplimiento de la promesa de salvación.
La segunda parte se inicia dando cuenta de un hecho habitual dentro del cual se manifiesta la novedad de la intervención de Dios, se crea una tensión entre lo que se acostumbra y la manera como Dios salva en la historia. La comunidad judía introduce en su seno un niño cuyo nacimiento es interpretado como una gran misericordia, y la manera de introducirlo es llamándolo como su padre. En la Escritura imponer un nombre es crear una relación.
Pero el plan de Dios es diferente, la intervención de Zacarías y su liberación –«inmediatamente se le soltó la boca y la lengua»– confirma que Dios está abriendo un camino nuevo en la historia del pueblo y por ello los testigos intentan conocer el plan de Dios sobre este niño, porque reconocen que la mano de Dios estaba con él.
Comienza a desplegarse la misión del profeta estimulando en primer lugar a los vecinos de la montaña de Judea a reconocer el actuar de Dios a partir de lo que estamos habituados. El profeta es el hombre de la íntima relación con Dios y a partir de esta comunión sus actos y sus palabras animan a descubrir el camino por el que Dios se está acercando a cada uno de nosotros.

