“Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día…
… Entonces dijo Jesús a sus discípulos:
Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?…”
Mt 16, 21-27 se encuentra entre la confesión de Pedro (16,13-20) y la transfiguración (17, 1-8) y está íntimamente ligado a ellos.
Jesús pide a los doce que le digan qué piensa la gente que pueda ser Él y luego quiere saber qué dicen ellos. Simón responde: "Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo" (16,16). Jesús, no sólo acepta esta confesión, sino que dice expresamente que su verdadera identidad ha sido revelada a Simón por Dios. Sin embargo, insiste en que los discípulos no deben decir a nadie que Él es el Mesías. Jesús sabe bien que este título puede ser malentendido y no quiere correr ningún riesgo. "Desde entonces" (16,3) comienza a explicar a los doce gradualmente qué significa ser el mesías: Él es el mesías sufriente que entrará en su gloria a través de la cruz.
Este texto del Evangelio de hoy, Domingo 3 de septiembre, consta de dos partes.
- En la primera (vv. 21-23) Jesús anuncia su muerte y resurrección y se muestra completamente decidido a seguir el proyecto de Dios sobre Él a pesar de la protesta de Simón Pedro.
- En la segunda parte (vv. 24-27) Jesús demuestra la consecuencia que deberá tener sobre sus discípulos el reconocerlo como mesías sufridor. No se llega a ser discípulo, si no es pasando por el mismo camino.
Pero Jesús sabe bien que es difícil para los Apóstoles aceptar su cruz y la de ellos y para animarlos les da una anticipación de su Resurrección en la transfiguración…
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo y Párroco de San Luis Beltrán
