… “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré…
… Pero Él hablaba del templo de su cuerpo”
Juan 2, 13-25
Los cuatro evangelistas se hacen eco del gesto subversivo de Jesús expulsando del templo a «vendedores» de animales y «cambistas» de dinero. No puede soportar ver la casa de su Padre llena de gentes que negocian y viven del culto. A Dios no se le compra con «sacrificios».
Pero Juan, el cuarto y último evangelista, añade un diálogo con los judíos en el que Jesús afirma de manera solemne que, tras la destrucción del templo, él «lo levantará en tres días». Nadie puede entender lo que dice. Por eso, el evangelista Juan añade: «Jesús hablaba del templo de su cuerpo».
No olvidemos que Juan está escribiendo su evangelio cuando el templo de Jerusalén lleva un poco más de veinte años destruido. Muchos judíos se sienten huérfanos. El templo era el corazón de su religión. ¿Cómo podrán sobrevivir sin la presencia de Dios en medio del pueblo?
El evangelista recuerda a los seguidores de Jesús que ellos no han de sentir nostalgia del viejo templo. Jesús, «destruido» por las autoridades religiosas, pero «resucitado» por el Padre, es el «nuevo templo». No es una metáfora ni atrevida ni subversiva. Es una realidad que ha de marcar para siempre la relación de los cristianos con Dios.
Para quienes vemos en Jesús el Nuevo Templo donde habita Dios, todo es diferente. Para encontrarnos con Dios, no basta entrar en nuestro templo parroquial, por ejemplo. Es necesario acercarse a Jesús, entrar en su proyecto, seguir sus pasos, vivir con su espíritu.
En este Nuevo Templo que es Jesús, para adorar a Dios no basta el incienso, las aclamaciones ni las liturgias solemnes. Los verdaderos adoradores son aquellos que viven ante Dios «en espíritu y en verdad». La verdadera adoración consiste en vivir con el «Espíritu» de Jesús en la «Verdad» del Evangelio. Sin esto, el culto es «adoración vacía».
templo.
Sergio Pulido Gutiérrez, Mons.
Canónigo de la Catedral y Párroco de San Luis Beltrán

