Con esta orden de silencio Jesús quiere hacer de sus discípulos sus confidentes y confiarles lo que Él viene descubriendo acerca de su misión. El Maestro les irá desvelando que el camino de fidelidad a Dios lo conduce a ser rechazado y entregado a la muerte por parte de los jefes del pueblo.
Esta confidencia de un Mesías que padece desconcierta a los discípulos. Este desconcierto nos permite entender ahora por qué los discípulos aún no pueden ir a anunciar que Jesús es el Mesías: es preciso que antes se enteren bien en qué consiste y cómo se realiza el proyecto de Dios a través del mesianismo de Jesús.
El evangelio que nos señala la liturgia para este domingo (Mateo 16, 21-27) consta de dos partes, en la primera tenemos el anuncio que hace Jesús sobre su destino como Mesías, es decir, su pasión, muerte y resurrección y frente a ello la reacción de Pedro; la segunda parte contiene un breve discurso de Jesús sobre el discipulado.
Dentro del programa narrativo del evangelio según san Mateo, con este pasaje se inicia una trama argumentativa que entreteje, de una parte, el proyecto de Dios que explica Jesús y, de otra, la comprensión particular que tienen los discípulos acerca de Dios y de la salvación.
Sacamos en claro, entonces, que a medida que Jesús va revelando a Dios y su proyecto de salvación va apareciendo también la dificultad que tienen Pedro y los demás discípulos para renunciar a la idea que se han hecho sobre Dios y de la que es necesario desprenderse para asumir el Reino que anuncia y hace presente Jesús.
Al exponer el anuncio de su destino Jesús dice que «tenía que ir a Jerusalén», este ‘tener que’ suele ser la manera como en la Escritura se expone el proyecto de Dios o la voluntad divina. En su existencia como Verbo encarnado –Hijo de Dios hecho hombre– Jesús realiza el plan de Dios de anunciar y hacer presente entre los hombres el Reino. En esta primera parte del evangelio de la misa de hoy se manifiesta que la misión de Jesús encuentra una resistencia originada en los inmovilismos religiosos institucionales, resistencia de quienes se han hecho su propia idea sobre Dios.
Pedro expresa una idea que él se ha hecho de Dios, idea que contrasta con lo que Jesús viene descubriendo acerca de la manera de realizar su misión como Mesías: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». A esta manera de concebir el Mesías, Jesús la llama ‘ideas de los hombres’, no de Dios.
Hace ocho días, Pedro, recibiendo el don del Padre del cielo –no de la naturaleza humana– llegó a confesar que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo; entonces él era roca. Hoy, el mismo discípulo, siguiendo las ideas de los hombres, se ha convertido en piedra de tropiezo para la misión de Jesús.
Obrando así, como piedra de tropiezo, Pedro hace presente aquí a las personas que creen conocer a Dios y sienten la necesidad de salvación, pero creen que Dios debe actuar según los caprichos del creyente.
La segunda parte del evangelio de hoy es un breve discurso de Jesús a sus discípulos –a sus confidentes– donde caracteriza el quehacer permanente de quien quiera seguirlo: salir de uno mismo, cargar la cruz y seguir al Maestro. Esto quiere decir asumir el estilo de vida de Jesús, gastar la vida en el proyecto del Reino y estar dispuesto a asumir las consecuencias de ser diferente.

