Allí oye predicar a San Juan de Ávila, el Maestro Ávila, y tiene tan extraordinaria conmoción espiritual que da voces y gritos, lo que le llevaría a ser juzgado por loco y ser recluido en el Hospital Real granadino. Juan sufre en propia carne el trato que se da a los internados.
En su encierro toma conciencia de su misión. Logra salir y asume el compromiso de atender a los enfermos, los pobres y todos los necesitado practicando, a su vez, un intenso apostolado.
Comienza a recibir a pobres y enfermos y a pedir limosnas en Granada para sostenerlo y atendiéndolos con extrema caridad. Se le unen algunos compañeros. Sin embargo, el destino hace que tras rescatar a un muchacho que se estaba ahogando, fuera víctima de una fuerte pulmonía que iba a debilitar gravemente su salud, por lo que muere el ocho de marzo de 1550.

